Por: Pastor Carlos A. Goyanes
El lenguaje que lo cambia todo es el amor. Es el idioma de Dios para los seres humanos que aunque nos expresamos en diferentes idiomas, podemos entender este lenguaje que es uno de los atributos e Dios. La Biblia dice que “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Pero ¿cómo expresar el amor? ¿Quién es tan elocuente y sabio para hacerlo de una manera perfecta? Solo Dios lo hizo y lo hace a través de la persona de su hijo Jesucristo. Los creyentes hemos tratado de expresar el amor y muchas veces fallamos. Aun así, a pesar de nuestros defectos, creemos en el amor. Si amamos, estamos hablando con el lenguaje de Dios.
El Señor nos exhortó a expresarnos en el idioma de Dios, que es un lenguaje que todos las personas entendemos (Juan 13:34). El amor es un mandamiento nuevo que Jesús nos dio como el nuevo pacto con Dios. El amor libera nuestras vidas del egoísmo y la arrogancia; el amor nos declara iguales, más que la constitución de nuestro país ya que el amor nos hace diferencia de razas, lenguas o naciones. El amor es la expresión más sublime de todas las virtudes de Dios que abraza el alma humana y la realza, la ennoblece. De un ser salvaje y sin conciencia, nos transforma en una persona sensata y atinada.
Nosotros los seres humanos hemos querido expresar el amor, pero nos faltan las palabras apropiadas para hacerlo. Los griegos usa-ron cuatro palabras para enunciar esta virtud:
- Eros (ἔρως érōs) es el amor apasionado, con deseo y desear sensual.
- Philia (φιλία philía), que significa amistad en griego moderno, un amor virtuoso desapasionado. Incluye lealtad a los amigos, a la familia, y a la comunidad, y requiere virtud, igualdad y familiaridad. En textos antiguos, philia denotó un tipo general de amor, usado para el amor entre la familia, entre los amigos, un deseo o el disfrute de una actividad, así como entre amantes.
- Agapē (ἀγάπη agápē) significa “amor” en griego moderno del día, por ejemplo en el término s’agapo (Σ'αγαπώ), que significa “te amo”. En la Biblia, su significado y uso es ilustrado uno mismo sacrificándose, dando amor a todos, tanto al amigo como al enemigo.
- Storge (στοργή storgē) significa “afecto” en griego moderno; un afecto natural, como el que siente un hijo por sus padres o en relaciones dentro de la familia.
El amor cuesta, es un sacrificio. Nos cuesta algo cada vez que amamos a alguien, nos cuesta de nuestro tiempo, talento, dinero, la renuncia de nuestro yo. El amor definitivamente cuesta. Para amar hay que estar dispuesto a dar (Juan 3:16). El amor nos induce al perdón y nos cuesta la renuncia de nuestro orgullo. El amor es compromiso. Es imposible tener una relación verdadera sin involucrarse con otros. Involucrarse requiere un compromiso, el compromiso requiere trabajo, el trabajo es esfuerzo. Parece que hay una falta de gozo dentro del pueblo de Dios; una de las razones principales es que frecuentemente somos pasivos, buscando un estilo de vida sin esfuerzo ya que le huimos a los sacrificios.
El amor comprende una relación con otros; no nos aísla. El amor requiere que extendamos la mano al que sufre. Amor es perdonar antes de que me perdonen tomando la iniciativa en la relación con otra persona y este intercambio que puede traer la restauración y la comprensión. Ejemplo tenemos en la Palabra de Dios cuando aquel padre amante salió a recibir a su hijo al camino demostrándole perdón por todas sus ofensas y abandono (Lucas 15:11–24). Pero el más grande ejemplo de amor lo tenemos en Dios, que amó primero, se adelantó a nosotros desde la eternidad para ganarnos por amor (Jeremías 31:3); así que, le amamos a Él porque Él nos amó primero (1 Juan 4:19).
El amor involucra dar con sacrificio. El amor no es una debilidad, es una virtud. El amor no hace lo que es correcto simplemente para recibir algo; el amor hace lo correcto porque es correcto. El amor sana, el amor restaura, el amor lo cambia todo (1 Corintios 3:4–7).
Wednesday, February 15, 2012
Friday, February 3, 2012
La Lucha que Dura Toda la Vida
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Mateo 4:1-11
Las batallas tienen su principio y su fin, pero hay una batalla que jamás acabará mientras estemos aquí en la tierra, una batalla que no tiene nada que ver con sangre y carne (Efesios 6:12), sino contra satanás y sus seguidores; esta batalla es contra la tentación. La tentación es la manera malvada de satanás de inducirnos a hacer lo malo ante los ojos del Señor. Ser tentado no es pecado; pero el que tienta si está pecando. Sin embargo, si nosotros cedemos a la tentación, entonces estamos pecando también (Santiago 1:12; 4:7).
Las tentaciones pueden venir de muchas formas diferentes. El diablo es un maestro en falsificaciones y engaños. El trata de que los seres humanos vean las cosas de una manera diferente a la que Dios quiere que las veamos, él es el más consumado experto de las imitaciones. No nos dejemos engañar, lo que ofrece no es de marca; él ofrece un evangelio tergiversado y una Escritura torcida. Para tener mayor éxito usa a sus agentes, los demonios y los seres humanos que están a su servicio (Juan 8:44).
Claro, que cuando se trató de Jesús, él quiso hacerlo personalmente (Mateo 4:3, Lucas 4:1,2). Allá en el desierto, débil y desamparado, humanamente hablando, cuando su necesidad física lo llevaba al extremo de sus fuerzas y el hambre al borde del desmayo, se presentó satanás para dar una brillante solución — sí, porque las soluciones de satanás son brillantes. La Biblia dice que se viste como ángel de luz (2 Corintios 11:14). Retó al Señor Jesús diciéndole: Si tú eres el Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan (Mateo 4:3).
A veces los creyentes somos tentados de esa manera. Si yo soy hijo de Dios, por qué no lo puedo hacer, soy hijo del Rey y el hijo del Rey no tiene por qué vivir así. La expresión vivir así nos
da el sentido de que lo merecemos todo, poniendo en duda el plan de Dios para mí. Si soy hijo de Dios, por qué no. Cuando los planes de Dios difieren de lo que creemos y no logramos lo que quería-mos, viene la duda y la desesperación. Ahí comienza nuestra parte humana a actuar impidiéndole a Dios hacer su parte. Tomamos la batalla en nuestras manos y la pelea se hace muy difícil.
El diablo sabe que no vamos a abandonar a Dios, que no vamos a blasfemar, pero a través de la tentación, reduce nuestra marcha, nuestras fuerzas menguan, y nuestro espíritu se aletarga. Tú puedes hacerlo, dice satanás, dilo y se hará. No podemos poner nuestras vidas en las manos equivocadas.
Satanás también quiere que te lances a hacer cosas para que fracases (Mateo 4:5, 6) y así lograr que renuncies a otras cosas que Dios tiene preparadas para ti. Debes conocer tus capacidades y el don que Dios te ha dado para desarrollarte en la obra del Señor. No te arrojes a aventuras de las cuales te arrepentirás. Dios tiene muchas promesas para ti si eres fiel, y las cumplirá una por una, pero no lo pongas a prueba. No te lances para que Dios te rescate, pero si caes, Él te sostendrá.
La fama y el poder son cosas que hoy en día todos quieren tener (Mateo 4:8, 9), pero ¿resolverán realmente los problemas de la humanidad? La verdadera gloria esté reservada para nosotros en lo alto, en el cielo. Mientras tanto aquí debemos buscar dar gloria al Rey de gloria (Salmo 24:8-10). El diablo ofrece riquezas y poder a los que lo acompañarán por siempre en el infierno (1 Timoteo 6:9-10), un lugar que después de entrar no hay oportunidad de salir por toda la
eternidad (Mateo 25:41). Todos los que buscando la gloria terrenal se han alejado de Dios, han perdido la gloria eterna guardada para todos los que creen en Cristo (1 Pedro 5:4).
Mateo 4:1-11
Las batallas tienen su principio y su fin, pero hay una batalla que jamás acabará mientras estemos aquí en la tierra, una batalla que no tiene nada que ver con sangre y carne (Efesios 6:12), sino contra satanás y sus seguidores; esta batalla es contra la tentación. La tentación es la manera malvada de satanás de inducirnos a hacer lo malo ante los ojos del Señor. Ser tentado no es pecado; pero el que tienta si está pecando. Sin embargo, si nosotros cedemos a la tentación, entonces estamos pecando también (Santiago 1:12; 4:7).
Las tentaciones pueden venir de muchas formas diferentes. El diablo es un maestro en falsificaciones y engaños. El trata de que los seres humanos vean las cosas de una manera diferente a la que Dios quiere que las veamos, él es el más consumado experto de las imitaciones. No nos dejemos engañar, lo que ofrece no es de marca; él ofrece un evangelio tergiversado y una Escritura torcida. Para tener mayor éxito usa a sus agentes, los demonios y los seres humanos que están a su servicio (Juan 8:44).
Claro, que cuando se trató de Jesús, él quiso hacerlo personalmente (Mateo 4:3, Lucas 4:1,2). Allá en el desierto, débil y desamparado, humanamente hablando, cuando su necesidad física lo llevaba al extremo de sus fuerzas y el hambre al borde del desmayo, se presentó satanás para dar una brillante solución — sí, porque las soluciones de satanás son brillantes. La Biblia dice que se viste como ángel de luz (2 Corintios 11:14). Retó al Señor Jesús diciéndole: Si tú eres el Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan (Mateo 4:3).
A veces los creyentes somos tentados de esa manera. Si yo soy hijo de Dios, por qué no lo puedo hacer, soy hijo del Rey y el hijo del Rey no tiene por qué vivir así. La expresión vivir así nos
da el sentido de que lo merecemos todo, poniendo en duda el plan de Dios para mí. Si soy hijo de Dios, por qué no. Cuando los planes de Dios difieren de lo que creemos y no logramos lo que quería-mos, viene la duda y la desesperación. Ahí comienza nuestra parte humana a actuar impidiéndole a Dios hacer su parte. Tomamos la batalla en nuestras manos y la pelea se hace muy difícil.
El diablo sabe que no vamos a abandonar a Dios, que no vamos a blasfemar, pero a través de la tentación, reduce nuestra marcha, nuestras fuerzas menguan, y nuestro espíritu se aletarga. Tú puedes hacerlo, dice satanás, dilo y se hará. No podemos poner nuestras vidas en las manos equivocadas.
Satanás también quiere que te lances a hacer cosas para que fracases (Mateo 4:5, 6) y así lograr que renuncies a otras cosas que Dios tiene preparadas para ti. Debes conocer tus capacidades y el don que Dios te ha dado para desarrollarte en la obra del Señor. No te arrojes a aventuras de las cuales te arrepentirás. Dios tiene muchas promesas para ti si eres fiel, y las cumplirá una por una, pero no lo pongas a prueba. No te lances para que Dios te rescate, pero si caes, Él te sostendrá.
La fama y el poder son cosas que hoy en día todos quieren tener (Mateo 4:8, 9), pero ¿resolverán realmente los problemas de la humanidad? La verdadera gloria esté reservada para nosotros en lo alto, en el cielo. Mientras tanto aquí debemos buscar dar gloria al Rey de gloria (Salmo 24:8-10). El diablo ofrece riquezas y poder a los que lo acompañarán por siempre en el infierno (1 Timoteo 6:9-10), un lugar que después de entrar no hay oportunidad de salir por toda la
eternidad (Mateo 25:41). Todos los que buscando la gloria terrenal se han alejado de Dios, han perdido la gloria eterna guardada para todos los que creen en Cristo (1 Pedro 5:4).
Saturday, January 28, 2012
El Bautismo … Que Ahora Nos Salva
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo… (1 Pedro 3:21)
I. Jesús cumplió con los requisitos humanos para darnos el ejemplo, se bautizó.
La aspiración más grande de un nuevo creyente en Cristo es ser bautizado para formar parte de la iglesia del Señor. Jesús mismo se bautizó, no por sus pecados, sino para dar el ejemplo y poner las pautas para la entrada a la iglesia que El fundaría después. Como él mismo dijo: …para que se cumpla toda justicia (Mateo 3:15).
El bautismo de Jesús no tuvo que ver con el arrepentimiento de sus pecados ya que Él no era pecador, pero fue la manera de enseñar a sus seguidores lo que significaba ser bautizado. Es un acto de profesión pública de fe y de testimonio. La persona que se bautiza ha cumplido con los requisitos espirituales (fe, arre-pentimiento), físicos (obediencia, consiente del pecado lo evita) y materiales (da a Dios lo que es de Dios y no se apega a lo material). Este acto representa la muerte a la vida pasada que incluye: El rompimiento con el pecado, el desarraigo de lo material y la demostración notoria de la fe.
Nosotros deberíamos ser bautizados por el Señor (Mateo 3:14), porque nosotros sí hemos pecado, por lo tanto, el símbolo del bautismo representa lo que ha ocurrido en nosotros. El bautismo es la señal que representa la muerte y sepultura del pecado en nuestra vida y esto es simbolizado cuando somos sumergidos en el agua (Romanos 6:3, 4). También representa la resurrección a una nueva vida y es representado cuando emergemos del agua. Así que, ya no viviremos más para el mundo, sino para Dios, porque somos nuevas criaturas (2 Corintios 5:17).
II. El Bautismo de Jesús demuestra que Dios se complace en este acto.
Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. (Mateo 3:16, 17).
Dios se complace en los hijos de obediencia. No es que la iglesia haya inventado el bautismo, sino que fue establecido por Dios como símbolo de nueva vida. El bautismo es la puerta por la cual entran los creyentes a la membresía de la iglesia local (Hechos 2:41), pero también es un acto de obediencia a Dios. Quien dice ser de Cristo debe obedecer y cumplir con este requisito que complace a Dios. Somos hijos de Dios y Él también se complace en nuestra obediencia. Al hacer la voluntad de Dios, en el cielo se oyen las palabras: Este es mi hijo amado, estoy complacido de él.
Es evidente que el bautismo no salva porque no quita las inmun-dicias de la carne (1 Pedro 3:21), pero lo que simboliza sí. El bautismo que corresponde a la fe en el Señor (Hebreos 11:6) y a una vida entregada a su voluntad (Hebreos 13:20, 21) nos asegura un lugar en el reino de Dios. El bautismo es un acto de fe consciente por el cual confirmamos que amamos al Señor y que cumpliremos con sus demandas hacia nosotros.
El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo… (1 Pedro 3:21)
I. Jesús cumplió con los requisitos humanos para darnos el ejemplo, se bautizó.
La aspiración más grande de un nuevo creyente en Cristo es ser bautizado para formar parte de la iglesia del Señor. Jesús mismo se bautizó, no por sus pecados, sino para dar el ejemplo y poner las pautas para la entrada a la iglesia que El fundaría después. Como él mismo dijo: …para que se cumpla toda justicia (Mateo 3:15).
El bautismo de Jesús no tuvo que ver con el arrepentimiento de sus pecados ya que Él no era pecador, pero fue la manera de enseñar a sus seguidores lo que significaba ser bautizado. Es un acto de profesión pública de fe y de testimonio. La persona que se bautiza ha cumplido con los requisitos espirituales (fe, arre-pentimiento), físicos (obediencia, consiente del pecado lo evita) y materiales (da a Dios lo que es de Dios y no se apega a lo material). Este acto representa la muerte a la vida pasada que incluye: El rompimiento con el pecado, el desarraigo de lo material y la demostración notoria de la fe.
Nosotros deberíamos ser bautizados por el Señor (Mateo 3:14), porque nosotros sí hemos pecado, por lo tanto, el símbolo del bautismo representa lo que ha ocurrido en nosotros. El bautismo es la señal que representa la muerte y sepultura del pecado en nuestra vida y esto es simbolizado cuando somos sumergidos en el agua (Romanos 6:3, 4). También representa la resurrección a una nueva vida y es representado cuando emergemos del agua. Así que, ya no viviremos más para el mundo, sino para Dios, porque somos nuevas criaturas (2 Corintios 5:17).
II. El Bautismo de Jesús demuestra que Dios se complace en este acto.
Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. (Mateo 3:16, 17).
Dios se complace en los hijos de obediencia. No es que la iglesia haya inventado el bautismo, sino que fue establecido por Dios como símbolo de nueva vida. El bautismo es la puerta por la cual entran los creyentes a la membresía de la iglesia local (Hechos 2:41), pero también es un acto de obediencia a Dios. Quien dice ser de Cristo debe obedecer y cumplir con este requisito que complace a Dios. Somos hijos de Dios y Él también se complace en nuestra obediencia. Al hacer la voluntad de Dios, en el cielo se oyen las palabras: Este es mi hijo amado, estoy complacido de él.
Es evidente que el bautismo no salva porque no quita las inmun-dicias de la carne (1 Pedro 3:21), pero lo que simboliza sí. El bautismo que corresponde a la fe en el Señor (Hebreos 11:6) y a una vida entregada a su voluntad (Hebreos 13:20, 21) nos asegura un lugar en el reino de Dios. El bautismo es un acto de fe consciente por el cual confirmamos que amamos al Señor y que cumpliremos con sus demandas hacia nosotros.
Mensaje de Arrepentimiento
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Mateo 3:1–12
Desde el Antiguo Testamento se profetizó la venida del precursor de Cristo. Así como los reyes y dignatarios eran anunciados en la corte, Juan el Bautista vino a anunciar la llegada de Cristo. Ya Jesús era un adulto de treinta años y Juan, que era mayor solo por seis meses, fue el elegido por Dios para preparar el camino del Señor (Isaías 40:3-5).
Vivió y comenzó su mensaje en el desierto en condiciones humildes. La Biblia nos enseña que su ropa era pelo de camello y su comida langostas y miel silvestre (Mateo 3:4). No había nada de vanidad en él. Desde su nacimiento Dios le anunció a su padre Zacarías quién sería él (Lucas 1:13-17). A los hombres que Dios llama y se mantienen humildes, Dios los convierte en gigantes de la fe.
Jesús mismo dijo que de entre los nacidos de mujer no había uno más grande que Juan (Mateo 11:11). Más grande que Isaías, más grande que Elías, más grande que todos los profetas antes que él. Pero Juan nunca hizo un milagro como Elías, como Moisés o como Eliseo.
¿En qué consistía su grandeza entonces? Consistía en su misión, en su vida entregada, en su valor, en su modestia, en su firmeza y en su testimonio. Predicó y se arrepintieron miles de personas, y preparó el camino para el Mesías. La alfombra por la que caminaría Jesucristo el Rey para entrar en su ministerio terrenal fue el mensaje de Juan el Bautista. Juan anunció al que venía después de él (Jesús), que era más poderoso que él y que venía a bautizar en Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:11).
Jesús dijo que el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que Juan. ¿Qué hicimos para ganarnos esa distinción? Creer y obedecer a Cristo. ¡Qué hermoso es saber que somos parte de ese grupo que el Señor mencionó! Somos del reino de los cielos. No hay nada más grande que la Iglesia del Nuevo Pacto. Es muy grande lo que tenemos en nosotros, tenemos al Espíritu Santo que nos ha bautizados con el fuego de Dios. Jesús vino a bautizarnos de esa manera. Los ritos del bautismo de los judíos en el Antiguo Testamento era para un lavamiento exterior, pero el bautismo de Jesús es en Espíritu Santo y fuego.
Limpiará con su espíritu nuestras almas, ya que es capaz de entrar en nosotros, y sacará todo lo que daña nuestra relación con Dios y lo quemará. Purificará nuestras vidas para que haya un nuevo comienzo con El. Depende de nosotros estar junto a El para mantenernos limpios y santos.
Ya somos de la gente de arriba, no de las de aquí abajo. Somos miembros de la Iglesia Universal de Cristo y ciudadanos de su reino. Como en alas de águila el Señor nos lleva por el desierto para que lleguemos seguros a la tierra de la prosperidad. Así dice la Palabra de Dios acerca del pueblo de Israel, pero esta es una promesa para todos sus hijos, para todos aquellos que se han acogido al mensaje de Juan el Bautista, el mensaje de arrepentimiento.
La gente creyó ver una caña cascada en el desierto, abrumada y quebrada por el viento; pero no fue así con Juan el Bautista. Las dificultades lo hicieron fuerte y sus convicciones poderoso en palabra. El vino al desierto a predicar, pero Jesús llegó aún más allá, porque llegó al desierto de nuestras vidas. Llegó a un desierto árido y seco, lleno de miserias humanas, el desierto de nuestro corazón y allí nos dio agua, un agua para no volver a tener sed jamás (Juan 4:14).
Mateo 3:1–12
Desde el Antiguo Testamento se profetizó la venida del precursor de Cristo. Así como los reyes y dignatarios eran anunciados en la corte, Juan el Bautista vino a anunciar la llegada de Cristo. Ya Jesús era un adulto de treinta años y Juan, que era mayor solo por seis meses, fue el elegido por Dios para preparar el camino del Señor (Isaías 40:3-5).
Vivió y comenzó su mensaje en el desierto en condiciones humildes. La Biblia nos enseña que su ropa era pelo de camello y su comida langostas y miel silvestre (Mateo 3:4). No había nada de vanidad en él. Desde su nacimiento Dios le anunció a su padre Zacarías quién sería él (Lucas 1:13-17). A los hombres que Dios llama y se mantienen humildes, Dios los convierte en gigantes de la fe.
Jesús mismo dijo que de entre los nacidos de mujer no había uno más grande que Juan (Mateo 11:11). Más grande que Isaías, más grande que Elías, más grande que todos los profetas antes que él. Pero Juan nunca hizo un milagro como Elías, como Moisés o como Eliseo.
¿En qué consistía su grandeza entonces? Consistía en su misión, en su vida entregada, en su valor, en su modestia, en su firmeza y en su testimonio. Predicó y se arrepintieron miles de personas, y preparó el camino para el Mesías. La alfombra por la que caminaría Jesucristo el Rey para entrar en su ministerio terrenal fue el mensaje de Juan el Bautista. Juan anunció al que venía después de él (Jesús), que era más poderoso que él y que venía a bautizar en Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:11).
Jesús dijo que el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que Juan. ¿Qué hicimos para ganarnos esa distinción? Creer y obedecer a Cristo. ¡Qué hermoso es saber que somos parte de ese grupo que el Señor mencionó! Somos del reino de los cielos. No hay nada más grande que la Iglesia del Nuevo Pacto. Es muy grande lo que tenemos en nosotros, tenemos al Espíritu Santo que nos ha bautizados con el fuego de Dios. Jesús vino a bautizarnos de esa manera. Los ritos del bautismo de los judíos en el Antiguo Testamento era para un lavamiento exterior, pero el bautismo de Jesús es en Espíritu Santo y fuego.
Limpiará con su espíritu nuestras almas, ya que es capaz de entrar en nosotros, y sacará todo lo que daña nuestra relación con Dios y lo quemará. Purificará nuestras vidas para que haya un nuevo comienzo con El. Depende de nosotros estar junto a El para mantenernos limpios y santos.
Ya somos de la gente de arriba, no de las de aquí abajo. Somos miembros de la Iglesia Universal de Cristo y ciudadanos de su reino. Como en alas de águila el Señor nos lleva por el desierto para que lleguemos seguros a la tierra de la prosperidad. Así dice la Palabra de Dios acerca del pueblo de Israel, pero esta es una promesa para todos sus hijos, para todos aquellos que se han acogido al mensaje de Juan el Bautista, el mensaje de arrepentimiento.
La gente creyó ver una caña cascada en el desierto, abrumada y quebrada por el viento; pero no fue así con Juan el Bautista. Las dificultades lo hicieron fuerte y sus convicciones poderoso en palabra. El vino al desierto a predicar, pero Jesús llegó aún más allá, porque llegó al desierto de nuestras vidas. Llegó a un desierto árido y seco, lleno de miserias humanas, el desierto de nuestro corazón y allí nos dio agua, un agua para no volver a tener sed jamás (Juan 4:14).
Tuesday, January 17, 2012
Simiente vs Simiente
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. Génesis 3:15
La palabra simiente (semilla) en este pasaje se refiere a el hijo de alguien que salió de su propia naturaleza, con sus características espirituales, y físicas. La semilla es la vida en potencia que germi-na en condiciones favorables para ella. La Semilla de la mujer, el Hijo de Dios que nacería, lucharía contra la Serpiente y sus hijos, los hijos de Satanás, los cuales son levantados en el momento propicio para hacer daño a los hijos de Dios, pero la Simiente de la Mujer, Jesús, vino para derrotar a Satanás y su simiente.
Desde la antigüedad, Satanás trató de destruir todo lo que le pertenece a Dios. Engañó a muchos ángeles, que ahora están al servicio de él (los demonios); engañó al hombre, e hizo que se convirtiera en un ser pecador; actualmente engaña a la humanidad a través de sus mentiras disfrazadas de verdad.
Aquí en la tierra los hijos de Dios son vulnerables a los ataques de Satanás y su ejército; son lastimados con diferentes clases de malestares. Pero El Hijo de Dios que fue herido en la cruz por tomar nuestro lugar, tiene un futuro para nuestro acusador e instigador, el cual es el lago de fuego.
Quizás el diablo hiera nuestro ser con tristeza, dolores, separaciones, lágrimas, malestares, enfermedades y sufrimientos terrenales por causa del pecado al que estamos sujetos; pero Jesús, el Hijo de Dios vino para vencerlo y Él lo herirá en la cabeza, esto significa que destruirá lo que hace la cabeza, que es: pensar, maquinar, confabular, dirigir (2 Corintios 2:11). La mente de Satanás y sus secuaces será vetada. También herir en la cabeza significa muerte.
Satanás sabía del plan de Dios y trató de impedirlo. Trató de matar a David (para que su hijo no naciera, ya que el Mesías sería hijo de David) y para eso usó a Saúl; trató de matar a Jesús y para eso usó al rey Herodes (Mateo 2:16). Como no puede destruir a Dios, ha tratado de destruir lo que es de Dios a través de los siglos. Su plan es la maldad (Ezequiel 28:14-18).
En el pasado se llamaba Lucifer (ángel de luz o portador de la luz) ahora su nombre es Satanás, que significa falsificador o padre de mentira. También recibe el nombre de Diablo de la palabra griega diábolos que significa adversario o enemigo y que incluye el sentido de acusador o
calumniador. Su interés no es solo acusar, sino engañar y para ello se pone diferentes vestiduras. Se viste de oveja, pero es un lobo (Mateo 7:15); se viste de ángel de luz (2 Corintios 11:14), pero es un hijo de las tinieblas; se viste de la falsa ciencia, pero solo es una teoría más; se viste de promesas falsas acerca de la vida, pero no son la verdad. En el teatro de este siglo, Satanás tiene muchos vestuarios y caracterizaciones. No nos dejemos engañar, solo es el arte satánico en su
teatral obra de la muerte (1 Pedro 5:8; Juan 10:10).
Hay una batalla que aún está en progreso sobre la tierra. Esto es sobre lo que se trata la guerra espiritual (Efesios 6:10–11). Satanás está todavía buscando el poder, posición, adoración. Pero él es ya un enemigo derrotado (Romanos 16:20). Jesús venció el poder de Satanás mediante Su muerte y resurrección. El destino final de Satanás ya está revelado en la Biblia (Mateo 25:41).
Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. Génesis 3:15
La palabra simiente (semilla) en este pasaje se refiere a el hijo de alguien que salió de su propia naturaleza, con sus características espirituales, y físicas. La semilla es la vida en potencia que germi-na en condiciones favorables para ella. La Semilla de la mujer, el Hijo de Dios que nacería, lucharía contra la Serpiente y sus hijos, los hijos de Satanás, los cuales son levantados en el momento propicio para hacer daño a los hijos de Dios, pero la Simiente de la Mujer, Jesús, vino para derrotar a Satanás y su simiente.
Desde la antigüedad, Satanás trató de destruir todo lo que le pertenece a Dios. Engañó a muchos ángeles, que ahora están al servicio de él (los demonios); engañó al hombre, e hizo que se convirtiera en un ser pecador; actualmente engaña a la humanidad a través de sus mentiras disfrazadas de verdad.
Aquí en la tierra los hijos de Dios son vulnerables a los ataques de Satanás y su ejército; son lastimados con diferentes clases de malestares. Pero El Hijo de Dios que fue herido en la cruz por tomar nuestro lugar, tiene un futuro para nuestro acusador e instigador, el cual es el lago de fuego.
Quizás el diablo hiera nuestro ser con tristeza, dolores, separaciones, lágrimas, malestares, enfermedades y sufrimientos terrenales por causa del pecado al que estamos sujetos; pero Jesús, el Hijo de Dios vino para vencerlo y Él lo herirá en la cabeza, esto significa que destruirá lo que hace la cabeza, que es: pensar, maquinar, confabular, dirigir (2 Corintios 2:11). La mente de Satanás y sus secuaces será vetada. También herir en la cabeza significa muerte.
Satanás sabía del plan de Dios y trató de impedirlo. Trató de matar a David (para que su hijo no naciera, ya que el Mesías sería hijo de David) y para eso usó a Saúl; trató de matar a Jesús y para eso usó al rey Herodes (Mateo 2:16). Como no puede destruir a Dios, ha tratado de destruir lo que es de Dios a través de los siglos. Su plan es la maldad (Ezequiel 28:14-18).
En el pasado se llamaba Lucifer (ángel de luz o portador de la luz) ahora su nombre es Satanás, que significa falsificador o padre de mentira. También recibe el nombre de Diablo de la palabra griega diábolos que significa adversario o enemigo y que incluye el sentido de acusador o
calumniador. Su interés no es solo acusar, sino engañar y para ello se pone diferentes vestiduras. Se viste de oveja, pero es un lobo (Mateo 7:15); se viste de ángel de luz (2 Corintios 11:14), pero es un hijo de las tinieblas; se viste de la falsa ciencia, pero solo es una teoría más; se viste de promesas falsas acerca de la vida, pero no son la verdad. En el teatro de este siglo, Satanás tiene muchos vestuarios y caracterizaciones. No nos dejemos engañar, solo es el arte satánico en su
teatral obra de la muerte (1 Pedro 5:8; Juan 10:10).
Hay una batalla que aún está en progreso sobre la tierra. Esto es sobre lo que se trata la guerra espiritual (Efesios 6:10–11). Satanás está todavía buscando el poder, posición, adoración. Pero él es ya un enemigo derrotado (Romanos 16:20). Jesús venció el poder de Satanás mediante Su muerte y resurrección. El destino final de Satanás ya está revelado en la Biblia (Mateo 25:41).
Monday, January 9, 2012
El Salvará
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
“Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Mateo 18:21
“…llamarás su nombre Jesús…”
El nombre Jesús es la forma griega del nombre hebreo Josué que significa “Jehová es salvación”, o sea, Salvador. Desde la antigüedad se había escuchado la promesa del Señor de que vendría el Salvador: “He aquí, vengo” (Salmo 40:7; Zacarías 2:10). Por siglos el pueblo judío — el pueblo de Dios — había esperado ansiosamente la venida de su Libertador. Ahora, “cuando vino el cumplimiento del tiempo” (Gálatas 4:4) el designio divino señaló a Aquel en quien habían de cumplirse esas esperanzas. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).
“…porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”
El pecado había encerrado a los hombres (Romanos 6:16; 2 Pedro 2:19) en su propia prisión (Isaías 42:7). Cristo vino para romper las cadenas de la esclavitud, abrir las puertas de la cárcel y libertar a los presos de su condena de muerte (Isaías 61:1; Romanos 7:24-25; Hebreos 2:15). Vino a salvarnos de nuestros pecados, NO en nuestros pecados. Vino para salvarnos de los pecados que ya hemos cometi-do, y de nuestro instinto inherente que nos lleva al pecado (1 Juan 1:7, 9). Jesús vino a “redimirnos de toda iniquidad” (Tito 2:14).
Cristo no vino a salvar a su pueblo del poder del Imperio Romano, como lo ansiaban los judíos, sino del poder de un enemigo mucho más terrible. No vino a restaurar “el reino a Israel” (Hechos 1:6), sino a restituir el señorío de Dios en el corazón de los hombres (Lucas 17:20–21). Cristo vino a salvar a los hombres del pecado, que es la causa fundamental de la pobreza y de la injusticia. Es necesario creer en El y dejar nuestros pecados, ya que El no vino a salvarnos en nuestros pecados, sino de nuestros pecados. Es necesario creer que Dios le envió y dejar todo lo que nos separa de Dios. Podemos venir a El con nuestros pecados, pero al tener un encuentro con El, tenemos que despojarnos del peso del pecado que nos asedia para recibir su salvación y misericordia (Isaías 55:7).
“Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Mateo 18:21
“…llamarás su nombre Jesús…”
El nombre Jesús es la forma griega del nombre hebreo Josué que significa “Jehová es salvación”, o sea, Salvador. Desde la antigüedad se había escuchado la promesa del Señor de que vendría el Salvador: “He aquí, vengo” (Salmo 40:7; Zacarías 2:10). Por siglos el pueblo judío — el pueblo de Dios — había esperado ansiosamente la venida de su Libertador. Ahora, “cuando vino el cumplimiento del tiempo” (Gálatas 4:4) el designio divino señaló a Aquel en quien habían de cumplirse esas esperanzas. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).
“…porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”
El pecado había encerrado a los hombres (Romanos 6:16; 2 Pedro 2:19) en su propia prisión (Isaías 42:7). Cristo vino para romper las cadenas de la esclavitud, abrir las puertas de la cárcel y libertar a los presos de su condena de muerte (Isaías 61:1; Romanos 7:24-25; Hebreos 2:15). Vino a salvarnos de nuestros pecados, NO en nuestros pecados. Vino para salvarnos de los pecados que ya hemos cometi-do, y de nuestro instinto inherente que nos lleva al pecado (1 Juan 1:7, 9). Jesús vino a “redimirnos de toda iniquidad” (Tito 2:14).
Cristo no vino a salvar a su pueblo del poder del Imperio Romano, como lo ansiaban los judíos, sino del poder de un enemigo mucho más terrible. No vino a restaurar “el reino a Israel” (Hechos 1:6), sino a restituir el señorío de Dios en el corazón de los hombres (Lucas 17:20–21). Cristo vino a salvar a los hombres del pecado, que es la causa fundamental de la pobreza y de la injusticia. Es necesario creer en El y dejar nuestros pecados, ya que El no vino a salvarnos en nuestros pecados, sino de nuestros pecados. Es necesario creer que Dios le envió y dejar todo lo que nos separa de Dios. Podemos venir a El con nuestros pecados, pero al tener un encuentro con El, tenemos que despojarnos del peso del pecado que nos asedia para recibir su salvación y misericordia (Isaías 55:7).
Monday, January 2, 2012
Subscribe to:
Comments (Atom)