Monday, October 8, 2012

Los Dos Señores

Por: Pastor Carlos A. Goyanes
 
Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.  ~Mateo 6:24 

Nuestro Dios es un ser real. Nosotros los creyentes lo sabemos, sin embargo, las cosas de la vida, lo que vemos y palpamos con nuestras manos, nos resultan tan atractivas que a veces intentan ocupar el lugar de Dios. Queremos ser fieles al Señor, pero lo que el mundo ofrece es contante y sonante, mientras que todavía no hemos recibido lo que Dios nos prometió y por eso desmayamos. La fe flaca y desnutrida de muchos creyentes les hace caer en la tentación de dejar a un lado a Dios y volcarse a los placeres del mundo. No es malo disfrutar la vida sanamente, pero sí es peligroso para nuestro bienestar y seguridad espiritual que lo material ocupe el lugar de lo espiritual.

O servimos a Dios o servimos a Satanás. No se puede servir a dos señores porque uno de los dos será desatendido. Además, las demandas de Dios muchas veces se oponen a las demandas del mundo, de manera que quien se hace amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios (Santiago 4:4). Muchos cristianos tratan de ocultar su hipocresía espiritual tras el manto de la fe y es allí donde Satanás se está infiltrando en la vida de muchos creyentes. Tras ese vestido de fidelidad está una vida falsa de pecado, de amor a las cosas de la carne, de sometimiento a lo mundano. ¿Cómos lo sabemos? Retírele el internet, el televisor y el celular a una persona y lo verá; dele a otros las riquezas y lo sabrá; a otros quítele lo que poseen y lo averiguará. Veremos que sus vidas se convierten en nada, porque su confianza estaba en lo que el mundo ofrece y no en lo que Dios ya le dio.

Decimos al Señor que le amamos, pero puede que estemos sirviendo a otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas (Mateo 6:24). La palabra traducida como “riqueza” usada en este pasaje es Mamón que es un término arameo que significa literalmente “un almacén secreto” o “riquezas”, que en este caso hemos acumulado para nuestra gloria y placer; o sea, algo que pertenece al mundo en el que los derechos de Dios no son reconocidos (Lucas 12:16–21), en oposición a la verdadera riqueza, que pertenece al mundo venidero (Filipenses 4:19; Colosenses 1:27). Nuestro Señor Jesús fue claro cuando dijo que hay un solo camino y que solo a través de ese camino llegamos a Dios (Juan 14:6). Dios requiere por derecho todo nuestro corazón y no está dispuesto a compartirlo con el mundo (Deuteronomio 6:5; Mateo 22:37).

Nuestra fe se caracteriza por servir a Dios y no a los ídolos, pero hay muchos ídolos en la vida de los creyentes. Todo lo que ocupa el lugar de Dios se ha convertido en un ídolo para nosotros, o sea, en otro señor al cual servimos y en el que confiamos. Puede ir desde una cuenta bancaria hasta el simple gusto de sustituir el tiempo de Dios por una novela. Puede que sea una carrera universitaria en la cual confiamos tanto o un negocio, pero, ¿qué tal si descubrimos después que todas esas cosas, que son en parte necesarias, son temporales? Ya sabíamos esto, pero no la habíamos aceptado hasta que nos dimos cuenta que no satisfacen el alma.

…Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas.

~Salmo 62:10c

 

Monday, October 1, 2012

¿Dónde Está Tu Corazón?

Por: Pastor Carlos A. Goyanes

Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. ~Mateo 6:21

Hay dos palabras claves en este versículo y son las palabras tesoro y corazón. El tesoro son los valores materiales, morales y espirituales. Los valores son aquellas cosas a las que les damos más importancia, lo que ganamos en esta vida y que son el centro de nuestro corazón. Y porque creemos en ellos a menudo los practicamos. Estos valores tienen la capacidad de cambiar todo lo que somos y nos hacen poner la mirada en ellos. Además, ya que Dios nos ha puesto como la influencia más poderosa del mundo, debemos cuidar nuestros valores, no sea que las vidas de otros sean transformadas de una manera que no agrada a Dios. Una vida que agrada a Dios tiene que ver con los valores que Dios nos enseña en su Palabra y no con los valores que nosotros tenemos, o traemos de nuestra cultura, educación o estilo de vida.

La Biblia dice que el corazón es el culpable de lo que somos (Jeremías 17:9). De nuestro corazón sale toda clase de pensamientos y actitudes (Mateo 12:35). Es vital que como discípulos de Cristo cuidemos nuestro corazón para conservarlo sensitivo y abierto a la palabra de Dios. Conociendo la naturaleza del corazón, debemos de arraigarnos al evangelio y permitir que Dios purifique nuestro corazón a través de la sangre de Cristo, mediante la obra del Espíritu y la Palabra de Dios.

Pero, ¿cómo sabemos dónde está nuestro corazón? Es evidente que en lo que más pensamos, a lo que más tiempo y dinero le dediquemos es lo que nos ha robado el corazón. Lo que más valoramos es lo que ocupa el centro de nuestras vidas y es nuestro tesoro. Algunos ponen su mirada en las cosas materiales como el bien supremo a sus necesidades, pero sabemos que las riquezas de este mundo son temporales. Otros ponen su mirada en pasatiempos, porque según ellos la vida es corta y hay que disfrutarla. En cambio, otros ponen su mirada en Dios, disfrutan la vida y las cosas materiales de una manera sana sabiendo que el mayor tesoro y la fuente de todo es Dios, del cual provienen todas las cosas, las materiales y las espirituales. Dios nos hizo de dos naturalezas: la material y la espiritual. Las dos han de ser satisfechas. La material a través de lo material dándole un buen uso para no desagradar a Dios y la espiritual con lo espiritual siendo hijos de Dios obedientes.

Los cristianos conocen la verdad que hace libres a aquellos que creen en Cristo (Juan 8:32), pero hay creyentes que no son libres porque están atados a costumbres, cosas materiales y dogmas espirituales que no dejan que el Espíritu de Dios tenga libertad. Han puesto como tesoro a estas cosas en vez de haber puesto como teso-ro a Dios. Son cadenas que los atan y que para romperlas tiene que desterrar lo carnal que hay en ellos. Todos hemos sido tentados alguna vez a ponernos las amarras de lo terrenal en nuestras almas, pero las consecuencias han sido siempre las mismas — vidas insatisfechas, depresión, mal carácter, odio, envidia, falta de santidad, poca consagración al Señor y mal testimonio. Un barco no puede zarpar si sus amarras no han sido quitadas. De la misma manera, un cristiano no puede crecer si no se ha desecho de las ataduras que le impiden correr en la carrera de la fe (Hebreos 12:1; Efesios 4:22).

Nosotros somos el tesoro de Dios (Malaquías 3:17; Éxodo 19:5), permitamos que Dios sea nuestro tesoro. No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; mas haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde estuviere vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón (Mateo 6:19–21).

Monday, September 24, 2012

El Padre Nuestro


Por: Pastor Carlos A. Goyanes
 
~ Mateo 6:9–13

La verdadera oración es la que sale del alma, de lo más profundo del corazón, no de las repeticiones vanas que hacen algunos que piensan que por su palabrería serán oídos (Mateo 6:7,8). Esta oración en particular, a la que se le llama El Padre Nuestro, no es un amuleto, ni una oración para ser repetida meramente como una oración. Esta oración es un modelo en cuanto a sus ingredientes y formas para enseñarnos a orar. De hecho, esta oración fue dicha por el Señor cumpliendo con el deseo de un discípulo de tener una guía para sus propias oraciones (Lucas 11:1).

La oración modelo pone las pautas para una oración ordenada y centrada en la verdadera necesidad humana. No solo enseñó a aquellos discípulos a orar, sino que también ha enseñado y enseña a los discípulos de Cristo a lo largo de la historia. Esta oración contiene siete peticiones que a nuestro juicio no deben faltar en nuestras oraciones. Estas peticiones son:

1. Que el nombre del Padre sea santificado (v.9). O sea, que haya reverencia para el nombre de Dios, que le sea atribuida la santidad que Él se merece; aunque no por eso El deja de ser Santo. El reconocimiento de la santidad de Dios incluye nuestra propia santidad. Si es nuestro Padre, debemos vivir como sus hijos en santidad, reverencia, amor y buen testimonio al mundo, esto proclama la santidad de Dios.

2. Que venga su reino (v.10). El reino de Dios siempre ha existido desde que los hombres creyeron en Dios y amaron su salvación. Él es el Rey y nosotros los súbditos. Esperamos la manifestación gloriosa de su reino sempiterno en el cual reinaremos con nuestro salvador Jesucristo en una gloria sin fin (2 Pedro 1:11).

3. Que se haga su voluntad (v.10). La aspiración de Dios es que se haga su voluntad. Nuestra oración debe demandar esto. Es cierto que después que el hombre pecó, se perdió la facultad de cumplir cabalmente con la voluntad de Dios, pero algún día su voluntad será hecha porque Dios así lo ha querido. Nuestra lucha terrenal es asignarnos como meta la tarea de hacer la voluntad de Dios, pero para ello necesitamos la ayuda del Padre.

4. Que recibamos nuestro pan cotidiano (v.11). A través de esta petición tan sencilla, rogamos por la humana necesidad del pan diario, no solo del material, sino del espiritual, resumiendo en esta petición dos necesidades básicas de los seres humanos: la material; y la espiritual que son evidentes en esta vida y no pueden excluirse. Al hablar del pan de cada día se refiere a lo necesario para ese día. Los lujos y las extravagancias no están relacionados a esta petición. Por otro lado, necesitamos de toda palabra que sale de la boca de Dios (Deuteronomio 8:3) para vivir sanamente sobre la tierra.

5. Que perdone nuestras deudas (v.12). En la medida en que perdonamos a los demás, Dios nos perdonará a nosotros (Marcos 11:25-26). Como el deudor en manos del acreedor, así es el pecador en las manos de Dios. Si alguien nos debe algo, mucho más le debemos a Dios. Si Dios nos perdonó tanto, cuánto más nosotros debemos perdonar a los que nos ofenden.

6. Que no permita que caigamos en tentación (v.13). El creyente que con sinceridad busca el perdón de sus pecados, y tiene la seguridad del perdón, se esforzará por evitar cometer pecados en el futuro. De una manera consciente queremos hacer el bien, pero el mal está en nosotros y queriendo hacer lo correcto pecamos (Romanos 7:19–22). Jesús nos enseña a hacer esta petición, que viene naturalmente e instintivamente del corazón de todo creyente sincero.

7. Que nos libre del mal (v.13). No solo del mal que pueda venir sobre nosotros, sino de toda obra mala que nosotros podamos hacer (2 Timoteo 4:18). Dios puede librarnos del mal porque suyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

 

Monday, September 17, 2012

El Que Ve En Lo Secreto

Por: Pastor Carlos A. Goyanes

“…y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” ~ Mateo 6:4b

Una de las preocupaciones mayores de los seres humanos es dar a conocer lo que hacen. Ser reconocidos se convierte a veces en el afán de los que obran en alguna tarea en la viña del Señor. Sin embargo, la Palabra de Dios nos enseña que no debemos alabarnos ni reconocernos nosotros mismos, sino que Dios lo hará de alguna manera (Proverbios 27:2; 1 Tesalonicenses 5:12).

Nos preocupamos de que la gente sepa, pero Dios ve en lo secreto. Quizás en la mayoría de los casos en que queremos que la gente sepa lo que hacemos para la obra del Señor no hay malas intenciones como las que expresó Jesús acerca de los que daban limosnas y oraban en las calles (Mateo 6:2, 3 y 5), pero nuestra mayor preocupación no debe ser el reconocimiento, ni las fanfarrias, sino hacer la obra del Señor (Tito 3:4–5). El verdadero mensaje no está en lo que yo hago, sino en lo que Dios hace a través de nosotros; de otra manera le estamos robando la gloria a Dios que es quien actúa en nosotros por el poder del Espíritu Santo.

Los religiosos de la época de Jesús, cuando daban limosna, lo ha-cían para ser reconocidos públicamente por las personas, para que vieran sus buenas obras y los alabaran. Sonar trompeta (Mateo 6:2) alude al hecho de anunciarse para que la gente viera cuán bueno eran al dar limosna a los pobres. También oraban en las esquinas de las calles para que la gente viera cuán consagrados eran (Mateo 6:5). Hemos descubierto a lo largo de nuestra vida cristiana que es Dios quien da la recompensa a nuestros actos, ya sean buenos o malos, y que es hipocresía el tratar de sobresalir espiritualmente por encima de los demás. Es Dios quien a través de nuestro servicio fiel y santo nos da el premio a nuestra labor. Los hombres podrán ponernos coronas que se corrompen, pero Dios nos premia para la eternidad.

No practiques tu justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos (Mateo 6:1). Jesús nos alerta del peligro de caer en la tentación de practicar la vida cristiana delante de los hombres para ser vistos, alabados y apreciados por ellos. Esta tentación corre el peligro de exponernos  como el centro, en vez de procurar que sea conocido Dios, que es el origen de todas las obras. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que están los cielos (Mateo 5:16).

Como hijos de Dios debemos de estar conscientes que la gloria le corresponde al Padre Celestial. Si eres hijo, compórtate como hijo. Un hijo de Dios busca la gloria del Padre y no la suya propia. Si uno se apropia de la gloria debida al Padre, deja de ser hijo y se convierte en ladrón y usurpador. El apóstol Pablo fue claro al decir: Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Efesios 2:10). Lo que tenemos lo recibimos de Dios y a Él le damos la gloria. Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1Corintios 4:7). 

Pensamos que nadie va a apreciar lo que hacemos, pero Dios recompensa y lo hace en público (Mateo 6:4b). El creyente que busca la gloria para sí mismo es un creyente que tiene una mala relación con Dios y en su conducta de celebración egocéntrica ha sacado a Cristo del centro de su vida. Toda nuestra vida debe redundar para la gloria del Señor. Mas el que se gloría, gloríese en el Señor… (2 Corintios 10:17). Lo que nadie puede ver lo ve Dios. Dios mira las intenciones del corazón y recompensa lo que hacemos aunque nadie lo sepa. El ve en la intimidad de nuestras vidas, en lo secreto de nuestra existencia y da la recompensa verdadera que agrada al corazón. Hay felicidad en obrar para el Señor y no hay paga mejor que la que Él nos da. Para Dios no hay nada secreto y lo que está oculto a los ojos humanos Él lo recompensa en público.

 

Monday, September 10, 2012

La Fe Que Perfecciona


Por: Pastor Carlos A. Goyanes

‘Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.’ Mateo 5:48

¿Podremos ser perfectos siendo pecadores? Por supuesto que no. Pero estas palabras de Jesús nos indican hacia donde debemos dirigirnos. El camino a seguir debe ser el camino de la cruz para poder estar en la lista de los vencedores (Romanos 8:37). No se trata de una simple carrera de atletismo, se trata de la carrera de la fe (Hechos 20:24; 2 Timoteo 4:7; Hebreos 1:21).

La palabra perfecto deriva del latín perfectus y del griego téleios. Perfectus, en latín, deriva de factus que quiere decir hecho: completamente hecho, terminado. El término griego téleios deriva de la palabra telos que quiere decir fin, meta. Teleios significa finalmente, finalizado, terminado, llegado, sugiere que el ser de quien se dice que es teleios, ha alcanzado su fin, que no le falta nada para ser lo que debe ser, que ha hecho todo el esfuerzo para hacer el bien.

Aun así, estas palabras de Jesús ‘vosotros sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos’ suscitan un dilema. ¿Cómo puedo ser perfecto si soy un ser pecador? Ser perfectos es el reto que el Señor nos puso y la meta a alcanzar es Dios. No seremos como Dios, pero podemos parecernos a El. Somos la imagen de Dios (Génesis 1:26) y cada día esa imagen debe ser mejor (Romanos 8:29).

En todo el capítulo 5 de Mateo Jesús está dando enseñanzas que ayudan a dar pasos hacia la perfección. No vamos a ser iguales a Dios, pero debemos luchar para volver nuestras vidas a nuestro estado original, cómo éramos cuando Dios nos creó, cuando Dios vio que todo era bueno. El Señor está promulgando una Nueva Alianza en la cual expresa: ‘oísteis que fue dicho, mas yo os digo.’ Si queremos ser hijos de Dios debemos reflejar la perfección del Padre.

Las enseñanzas en cuanto a la justicia legal (…ojo por ojo y diente por diente… Mateo 5:38) eran para frenar la venganza y reducirla a un castigo equitativo. Era para que no se excedieran en el castigo por el delito cometido. Nuestra justicia ha de ser mayor que la de los líderes religiosos de esa época, sino no es justicia. Debe exceder las expectativas de aquellos que dicen ser religiosos, pero no obran la justicia de Dios (Mateo 5:20).

Perfecto da la idea de algo acabado, terminado, una obra que ha sido hecha y no tiene defecto (téleios del griego). En el latín la preposición per le agrega a la palabra factus una idea de intensidad máxima, de totalidad, de que la acción está terminada, que se ha hecho totalmente, que no le falta nada per-factus. De ahí derivan en castellano las palabras factura, manufactura, facturar o facturación y, por supuesto la misma palabra per-fectus; per-factus — perfecto. Lo contrario a per-fectus es de-fectus, es decir, algo que o bien se ha des-hecho o no está del todo hecho. De ahí vienen en castellano los términos: defecto, defectuoso, deficiente.

Jesús quiere que seamos perfectos pera que glorifiquemos al Padre que está en los cielos, para que nuestra luz alumbre delante de los hombres, para que mostremos el amor y la misericordia de Dios y para que alcancemos la meta en el supremo llamamiento de Dios. Nuestra fe, en lo que creemos, los principios bíblicos en los cuales basamos nuestra vida, nos van perfeccionando para el día que vayamos con el Señor. No solo es creer en Jesús como nuestro Salvador, sino que tenemos que obedecerle para que Él sea nuestro Señor. Creer en Cristo salva, pero va ligado a la obediencia. ¿Cómo podemos creer si no obedecemos a Aquel en el cual creemos? Obedecer es la actitud que nos hace dar pasos hacia la perfección para cada día ser más semejantes a Cristo (1 Juan 5:4).

 

Monday, August 6, 2012

Sí o No

Por: Pastor Carlos A. Goyanes

Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede. ~Mateo 5:37

A través de las enseñanzas del sermón del monte Jesús contrasta las enseñanzas de siglos de interpretación de los eruditos judíos con las enseñanzas de la ley original. El espíritu con que los maestros judíos enseñaban la ley no necesariamente era el espíritu con el que Dios había dado las leyes al pueblo. Por ejemplo, en los diez mandamientos de Éxodo 20 se habla de no codiciar la mujer ajena; pero los maestros hebreos se inclinaban más a juzgar con severidad los hechos antes que la actitud previa a estos. Jesús enseñó que el que pensaba en adulterar era culpable de adulterio. Mientras que los fariseos iban a juzgar los hechos, Jesús iba a la causa de ello. Limpiar la mente y el corazón del pecado prevenía el acto mismo de pecar.

En varias ocasiones dijo: “Oísteis que fue dicho…” dando a entender el error en que estaban y cuán lejos estaban de la verdad. En este pasaje en particular Jesús repite esta frase y da dos lecciones esenciales para la vida del creyente. Una es no mentir y la otra es que nuestro sí sea sí y nuestro no sea no.

Los judíos estaban tomando a la ligera a la persona de Dios. Hacían juramentos que violaban directamente el mandato de Dios de no tomar el nombre de Dios en vano. Juraban por el cielo, juraban por la tierra, juraban por Jerusalén para tratar de hacer sus palabras creíbles a los ojos de los demás, pero mentían o no eran lo suficientemente honestos (Mateo 5:33; 23:16–22; Santiago 5:12). Es necesario decir la verdad. Es necesario cumplir las promesas porque estamos poniendo el prestigio del nombre de Dios en juego. Perjurando no solamente está dañando a tu propia reputación, sino la reputación de Dios. La Palabra de Dios dice en Éxodo 20:7 que “no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.” Es mejor no hacer voto ni juramento, para después romper la promesa. (Levítico 19:12; Deuteronomio 23:21,22).

Nuestro sí debe ser realmente sí y nuestro no debe ser realmente no. La palabra del cristiano goza de valor en su carácter, su testimonio y su fe. Así que un creyente no necesita juramentos que apoyen su sus palabras. Las personas que necesitan juramentos es porque han mentido y para que otros confíen en sus palabras necesitan descansar sus explicaciones sobre ellos. Nuestra justicia debe ser mayor que la de los escribas y los fariseos hipócritas. La hipocresía es mentira; es fingir algo que uno no es (Mateo 5:20). Es necesario un corazón limpio, libre de mentiras que dañan, no solo a la congregación de los santos, sino a la vida de los no creyentes que ven en nosotros la imagen de Dios. Debemos siempre decir la verdad (Efesios 4:25).

Jesús no condenó el juramento, sino la falsedad de los que perjuraban poniendo testigos falsos y mintiendo para tapar sus pecados. El verdadero problema radicaba en un corazón impuro. Mucha gente jura a la ligera y dan mal testimonio a la grey de Dios, predican para el arrepentimiento de otros, pero ellos se rehúsan a arrepentirse y siguen causando escándalos y tropiezos a sus amigos, en sus hogares y en la iglesia. Si tienes una visión clara y un concepto elevado de la santidad de Dios, entonces entenderás que esto es un tema muy serio. Orarás en serio, hablarás de Dios en serio y pensarás que las cosas de Dios son serias. Sé ejemplo de los creyentes (Salmo 15).

Tuesday, July 24, 2012

¡El Sexto Mandamiento!

Por: Pastor Carlos A. Goyanes

“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” Mateo 5:21-23

La fe y religión cristiana tiene una lista interminable de interpretaciones diferentes al texto original de la Biblia, esto sin contar con la variedad de interpretaciones que los eruditos judíos le daban a los pasajes que hoy conocemos como el Antiguo Testamento. La ley y los Profetas mencionados en la Palabra de Dios, es lo que hoy conocemos como el Antiguo Testamento. Los eruditos judíos afirmaban tener la interpretación correcta de los Escritos Sagrados, pero estaban muy lejos de esa verdad.

Un hombre llamado Jesús desafió la autoridad de las enseñanzas judías, no porque la Palabra de Dios no fuera la fuente de autoridad, sino porque las interpretaciones de los que decían tener la verdad, estaban muy lejos de las enseñanzas que Dios le había dado originalmente a su pueblo. Ese hombre llamado Jesús habló con autoridad, porque vino del Padre a nosotros. Aquella enseñanza de la ley distorsionada por la mente pecaminosa del hombre vino a ser encauzada en los labios de su Hijo Jesucristo que vino a enderezar lo torcido (Isaías 45:2).

Los judíos oían lo que sus maestros les enseñaban, pero Jesús les dio el significado original de la ley. No hay ninguna contradicción entre lo que Dios dijo e el Antiguo Testamento y las enseñanzas de Jesús. El Señor estaba hablando del espíritu de la ley y no de las interpretaciones que le habían dado a lo largo de la historia los letrados judíos. La frase de Jesús “pero yo os digo” no cambió la enseñanza de Dios, pero sí la forma en que ellos la concebían en ese momento. Es necesario para cada cristiano saber lo que Dios actualmente ha dicho, y no confiar solamente en los comentarios de los hombres. A la palabra de Dios no se le puede añadir o quitar nada.

Jesús explica el Sexto Mandamiento de la Ley de Dios con el sentido e intención originales. No sólo es pecado el asesinato, sino primeramente las emociones que frecuentemente conducen a matar (Proverbios 6:16-19). La diferencia entre las enseñanzas de Jesús y las de los escribas y fariseos estribaba en que los escribas y fariseos enseñaban el castigo para un hecho cometido como el asesinato; pero Jesús trataba con las emociones que conducían a esos hechos. Nuestro Señor se adelantaba al acto que consumaba el pecado enseñando que también era pecado la ira, el desprecio, la carencia de amor, y que estos pecados que se originan en el corazón antes que los hechos conducen a sucesos lamentables.

“Necio” es la traducción del original “Raca” (alguien que tiene la cabeza vacía, inservible, sin valor, y por tanto puede ser excluido o eliminado. “Fatuo” es, sencillamente, un sinónimo (Mateo 5:22). Históricamente estas actitudes han traído consecuencias fatales para los seres humanos. Los movimientos de Supremacía racial, desprecios étnicos, el racismo, el odio, el trato de otras personas como inferiores, el pensamiento de que hay grupos subhumanos, genocidios, y otros pecados. Jesús exaltó a los que eran considerados débiles e inferiores por los judíos (Gálatas 3:28; Colosenses 3:10-14). Las distinciones la hemos hecho los seres humanos; ya sea por la nacionalidad, por la posición social o por la religiosidad; pero la Palabra de Dios dice que por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu. (1 Corintios 12:13).