Tuesday, May 20, 2014
Monday, May 5, 2014
De La Mesa De Su Señor
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. ~Mateo 15:27
Después de tantos milagros y trabajo Jesús quería apartarse a un lugar tranquilo con sus apóstoles; por eso fue a la región de Tiro y Sidón, de manera que, dejó Israel para ir a un lugar donde habitaban gentiles. En el evangelio de Marcos 7:24 se nos dice que Jesús no quería que nadie supiese que estaba allí. Sin embargo la gente de Tiro y Sidón habían oído de Él y muchos vinieron a que les sanara (Marcos 3:8). Es probable que muchas de estas personas hayan creído en Él. La Palabra de Dios nos dice en Mateo 11:21 que si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que hizo en Israel, se hubieran arrepentido mucho antes que ellos.
Aparece en la escena una mujer sirofenicia, de ascendencia griega. Ella era una mujer gentil, como los habitantes de Tiro y Sidón. Eran idólatras y por eso no se llevaban muy bien con los judíos. El nombre de esta mujer, el de su marido y el de su hija no lo sabemos; pero se veía en ella a una madre afligida por tener una hija poseída por un demonio. Parece que sabía algo acerca de Jesús por la manera como se dirigió a Él — lo llamó como los judíos lo llamarían porque le llamó ‘Señor, Hijo de David’. Esta palabra ‘Señor’ significa amo, dueño. ‘Hijo de David’ era la expresión judía con la cual llamarían al Mesías (Mateo 15:22). La fama de Jesús había llegado hasta esa tierra pagana, y esta mujer cananea había escuchado que Jesucristo era el Mesías que el pueblo de Israel esperaba. Aquella mujer en su desesperación daba gritos; pero el Señor no le respondía. Así que, la mujer siguió dando gritos para ser escuchada. Por eso los discípulos le pidieron al Señor que la despidiera para que dejara de dar gritos (Mateo 15:23). Los discípulos no le pidieron a Jesús que contestara su petición, sino que la despidiera. Cuando al fin el Señor le responde, lo hace de una manera que para nosotros aquí en occidente es ofensivo; pero lejos estaba Jesús de ofenderla. Aun así, ella se postró delante del Señor pidiendo que la socorriera (Mateo 15:25). Tuvo una respuesta sorprendente de parte del Señor: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. A lo cual ella respondió: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.
La misión del Señor era que toda la tierra de Israel se saciara de la fe y la Palabra de Dios (Mateo 15:24). Al decir esto delante de sus discípulos les estaba dando una enseñanza. ¿Cómo voy a dar de comer a los perrillos antes que a mis hijos? (Marcos 7:28) Este pan primero es para los de mi pueblo que aunque están hambrientos, no quieren comer en la mesa de su Señor. Es tan grande el Señor que aun las migajas que caen de su mesa saciarán a todos los que de ellas quieran comer. A aquella mujer, como al centurión romano (Mateo 8:5–13), le fue reconocida públicamente la grandeza de su fe y su hija fue sanada en aquella hora (Mateo 15:28).
El hecho es que Dios llamó a un pueblo, Israel, para llevar el mensaje de salvación al mundo y envió a su Hijo en una misión final para que este pueblo se arrepintiera, y no lo hicieron. En estos tiempos el pueblo gentil está desarrollando la misión del pueblo de Israel a través de la iglesia. Millones de hombre y mujeres comen de la mesa de su Señor y sobras abundantes bendiciones espirituales para todos los que se acerquen con fe a Él.
Friday, May 2, 2014
Tuesday, April 29, 2014
La Resurrección de Cristo es Nuestra Victoria
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Y nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén; a quien mataron colgándole en un madero. A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos. ~Hechos 10:39
El día más grandioso que la humanidad jamás haya tenido fue el día en que Jesús resucitó. Con su resurrección nos dio la victoria sobre la muerte y el derecho a estar toda una eternidad con Él. Así que, aunque recordamos su muerte y su sacrificio en la cruz, tenemos pleno gozo al saber que somos salvos ya que, porque Él vive, nosotros también viviremos (Juan 14:19).
1. La Resurrección de Cristo es Nuestra Victoria Sobre los pecados (Hechos 10:43)
Todo el que crea en Cristo recibirá el perdón de sus pecados. No hay excepciones, la salvación es para todo aquel que cree (Juan 3:16). Nuestros pecados en el pasado hacían imposible nuestra relación con Dios y en medio de nuestra rebelión cada día estábamos más lejos de Él; pero Dios en su misericordia entregó a su Hijo (Romanos 3:23), y lo vio sufrir y morir en la cruz, para que con su sangre fuésemos salvos de nuestros pecados (1 Juan 1:7). Así que, todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre (Hechos 10:43).
2. La Resurrección de Cristo es Nuestra Victoria Porque Nos Trajo Paz (Hechos 10:36)
La buena noticia de Dios a través del Evangelio de Jesucristo es que tenemos paz con Dios habiendo sido justificados por la fe (Romanos 5:1). No sólo nos limpió del pecado, sino que también por su resurrección nos trajo la verdadera paz con Dios. Algo cambia en nosotros cuando creemos en Cristo porque en nosotros se suscita una paz interior que es inexplicable. Es esa paz que el mundo y toda su gloria no puede dar y que a los que creen les produce seguridad — una paz que no se alcanza con poder, con dinero, con cosas materiales ni con nada de lo que podamos lograr en esta vida. Es una paz que solo pueden entender y poseer los que han conocido a Cristo (Juan 14:27).
3. La Resurrección de Cristo es Nuestra Victoria sobre la muerte
A lo largo de su existencia, el hombre ha batallado con desesperación para vencer la muerte. Uno de los objetivos de la medicina es buscar un elixir para lograr que el hombre viva por siempre; pero sólo ha logrado aliviar dolores y menguar los padecimientos humanos. Como un sueño que parece inalcanzable, el hombre ha tratado de dominar la muerte; pero en su intento siempre ha sido derrotado. Lo que mata al hombre es el remedio que usa, no la enfermedad. Por caminos equivocados se busca la salvación; pero no la hallan. Sólo hay una medicina posible si quieres vivir para siempre y ésta es Jesucristo que con su resurrección sorbió la muerte en victoria (1 Corintios 15:54). Todos los poderes terrenales y espirituales ya han sido derrotados porque el Señor se levantó de los muertos. Si crees en Él serás salvo (Romanos 10:8–9).
Oye y Entiende
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Y llamando a sí a la multitud, les
dijo: Oíd, y entended: No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al
hombre. ~Mateo 15:10–11
El mundo en
que vivimos está lleno de maldad. La violencia, los asesinatos, los robos, la
mentira y toda clase de pecados están a la orden del día. De manera que el
hombre necesita entender la raíz de estos males sociales. Los fariseos, como
toda religión falsa, enseñaban las doctrinas, las opiniones de los hombres en
vez de la verdad de Dios. Confiaban en sus costumbres y en sus ceremonias para
tener una posición elevada delante de Dios. Por lo tanto, no entendían cuál era
realmente el problema del ser humano.
Cuando Jesús
dijo a la multitud que lo que entra por la boca no contamina, sino lo que sale
de ella no se estaba refiriendo a la comida o a la bebida, sino al corazón del
hombre. Nos cuesta creer y entender que hay maldad en nuestros corazones. Los
seres humanos somos pecadores y en nuestras imperfecciones cometemos errores,
que en algunos casos, tienen consecuencias terribles. No podemos confiar en
nuestros sentimientos y pensamientos sin la guía de Dios porque la Palabra de
Dios dice que “el corazón es engañoso más que todas la cosas” (Jeremías 17:9).
¿Hay una cosa más perversa que el corazón del hombre? La maldad que estamos
viviendo hoy sale del corazón del hombre (Santiago 4:1).
Las palabras
del Señor fueron bien claras al enseñarnos una verdad que los seres humanos
eludimos porque se trata de nosotros, de nuestros pecados. La fuente de la
contaminación, no está fuera del hombre, sino dentro de este (Mateo 15:19). Los
fariseos querían que las personas se lavaran las manos antes de comer y esto
era algo bueno (Mateo 15:20); pero se olvidaron de lavar sus mentes y sus
corazones, porque lavarse las manos te libraría de una enfermedad pasajera;
pero lavarte el corazón con la sangre de Cristo te libra para la eternidad
(Apocalipsis 7:14–17; 1 Juan 1:7).
No podemos
morir con un corazón así, sería irremediable porque no hay lugar en el cielo
para tal contaminación (Apocalipsis 21:27). Lo que el hombre necesita vehementemente
es un corazón nuevo, un trasplante espiritual que solo Dios puede hacer a
través de su Espíritu Santo. Así se declara el libro de Ezequiel: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y
seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os
limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y
quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y
pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y
guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:25–27).
Friday, April 11, 2014
Más Que Palabras
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.” Mateo 15:8
Alabar a Dios es una cosa; pero estar cerca de Él es otra. Ni las oraciones elocuentes ni las palabras hermosas nos acercan a Dios. Esas cosas para Dios no cuentan si no hay un corazón entregado en obediencia, respeto y dignidad. Los sacrificios que podamos hacer, nuestra fiel religiosidad o nuestra ritualidad, a Dios no le interesan si tu corazón está lejos de Él (Salmo 51:16–17). No importa cuán inteligente, rico o distinguido eres, para Dios todos estamos al mismo nivel. Los fariseos reclamaron al Señor acerca de sus tradiciones, pero el Señor les respondió enseñándoles que ellos también las rompían (Mateo 15:3-6). Todos somos pecadores y tenemos fallas, pero aquellos que viven para encontrar los defectos de otros se olvidan de los suyos (Lucas 6:41, 42).
Cuando estamos lejos de Dios no entendemos el espíritu de los mandamientos de Dios y erramos a la hora de enseñarlos o aplicarlos. Muchas veces queremos que sean aplicados en los demás cuando realmente somos nosotros los que tenemos que corregir nuestras vidas. Dios no mira primero lo que decimos porque Él está más interesado en nuestro corazón (1 Samuel 16:7). Quien busca a Dios de corazón es aquel que busca la verdad y anhela conocer más de Él; pero aquellos que buscan reconocimiento, fama, beneficios personales, prestigio, conocimiento, nivel social y distinciones humanas lo hacen para sentirse superiores y demostrar que los demás no llegan a su nivel. Estos son los que andan buscando los errores de los demás y no se ocupan de sus fallas.
Para honrar a Dios es necesario entender que ante Él todos somos iguales. Los seres humanos se ocupan toda su vida en las apariencias, pero no hay un maquillaje espiritual que los haga lucir bien delante de Dios excepto la sangre de Cristo que limpia de todo pecado (1 Juan 1:7). Dios quiere mucho más que palabras; Dios quiere tu corazón; así que, no olvides que amar a Dios sobre todas las cosas es un mandamiento (Mateo 22:36, 37). Solo podemos tener una verdadera relación con Dios si le amamos, y es a través del amor que Dios vacía toda su gracia en nosotros; El desea que este amor sea sincero y voluntario.
Algo que Dios no soporta es el pecado y la hipocresía es pecado (Mateo 15:7). Podemos fingir que amamos a Dios; pero Él conoce nuestro corazón y sus intenciones. Hay cosas que atesoramos en nuestra vida que estorban la voluntad y sus planes para nosotros; pero las mantenemos como alguien que compra cosas nuevas y mantiene las viejas porque no quiere deshacerse de ellas sabiendo que son inservibles para su vida. Las cosas del pasado o del presente que estorban a Dios tenemos que sacarlas de nosotros para que nuestro amor sea sin fingimiento delante de Él. ¡Cómo duelen esas palabras de Dios al pueblo dichas a través del profeta Isaías! (Isaías 29:13–16) y repetidas por Jesús a los escribas y fariseos (Mateo 15:8). Pero ellos se ofendieron y no reconocieron que lo que Jesús decía era Palabra de Dios (Mateo 15:12). ¡Ojalá esta no sea nuestra actitud ante las enseñanzas del Maestro!
Es hora de escudriñar nuestros caminos y de examinar nuestro corazón para ver cuán cerca estamos de Dios ya que la corriente de este mundo que no descansa para el mal pudiera arrastrarnos con frecuencia fuera de la voluntad del Señor. Tenemos que usar nuestra brújula, La Palabra de Dios, para no salirnos del camino trazado por el Señor (Hebreos 4:12). ¡Que nuestros labios honren lo que ya de antemano ha honrado nuestro corazón: nuestro Dios!
Subscribe to:
Posts (Atom)




