Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede. ~Mateo 5:37
A través de las enseñanzas del sermón del monte Jesús contrasta las enseñanzas de siglos de interpretación de los eruditos judíos con las enseñanzas de la ley original. El espíritu con que los maestros judíos enseñaban la ley no necesariamente era el espíritu con el que Dios había dado las leyes al pueblo. Por ejemplo, en los diez mandamientos de Éxodo 20 se habla de no codiciar la mujer ajena; pero los maestros hebreos se inclinaban más a juzgar con severidad los hechos antes que la actitud previa a estos. Jesús enseñó que el que pensaba en adulterar era culpable de adulterio. Mientras que los fariseos iban a juzgar los hechos, Jesús iba a la causa de ello. Limpiar la mente y el corazón del pecado prevenía el acto mismo de pecar.
En varias ocasiones dijo: “Oísteis que fue dicho…” dando a entender el error en que estaban y cuán lejos estaban de la verdad. En este pasaje en particular Jesús repite esta frase y da dos lecciones esenciales para la vida del creyente. Una es no mentir y la otra es que nuestro sí sea sí y nuestro no sea no.
Los judíos estaban tomando a la ligera a la persona de Dios. Hacían juramentos que violaban directamente el mandato de Dios de no tomar el nombre de Dios en vano. Juraban por el cielo, juraban por la tierra, juraban por Jerusalén para tratar de hacer sus palabras creíbles a los ojos de los demás, pero mentían o no eran lo suficientemente honestos (Mateo 5:33; 23:16–22; Santiago 5:12). Es necesario decir la verdad. Es necesario cumplir las promesas porque estamos poniendo el prestigio del nombre de Dios en juego. Perjurando no solamente está dañando a tu propia reputación, sino la reputación de Dios. La Palabra de Dios dice en Éxodo 20:7 que “no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.” Es mejor no hacer voto ni juramento, para después romper la promesa. (Levítico 19:12; Deuteronomio 23:21,22).
Nuestro sí debe ser realmente sí y nuestro no debe ser realmente no. La palabra del cristiano goza de valor en su carácter, su testimonio y su fe. Así que un creyente no necesita juramentos que apoyen su sus palabras. Las personas que necesitan juramentos es porque han mentido y para que otros confíen en sus palabras necesitan descansar sus explicaciones sobre ellos. Nuestra justicia debe ser mayor que la de los escribas y los fariseos hipócritas. La hipocresía es mentira; es fingir algo que uno no es (Mateo 5:20). Es necesario un corazón limpio, libre de mentiras que dañan, no solo a la congregación de los santos, sino a la vida de los no creyentes que ven en nosotros la imagen de Dios. Debemos siempre decir la verdad (Efesios 4:25).
Jesús no condenó el juramento, sino la falsedad de los que perjuraban poniendo testigos falsos y mintiendo para tapar sus pecados. El verdadero problema radicaba en un corazón impuro. Mucha gente jura a la ligera y dan mal testimonio a la grey de Dios, predican para el arrepentimiento de otros, pero ellos se rehúsan a arrepentirse y siguen causando escándalos y tropiezos a sus amigos, en sus hogares y en la iglesia. Si tienes una visión clara y un concepto elevado de la santidad de Dios, entonces entenderás que esto es un tema muy serio. Orarás en serio, hablarás de Dios en serio y pensarás que las cosas de Dios son serias. Sé ejemplo de los creyentes (Salmo 15).
Monday, August 6, 2012
Tuesday, July 24, 2012
¡El Sexto Mandamiento!
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” Mateo 5:21-23
“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” Mateo 5:21-23
La fe
y religión cristiana tiene una lista interminable de interpretaciones
diferentes al texto original de la Biblia, esto sin contar con la variedad de
interpretaciones que los eruditos judíos le daban a los pasajes que hoy
conocemos como el Antiguo Testamento. La ley y los Profetas mencionados en la
Palabra de Dios, es lo que hoy conocemos como el Antiguo Testamento. Los
eruditos judíos afirmaban tener la interpretación correcta de los Escritos
Sagrados, pero estaban muy lejos de esa verdad.
Un
hombre llamado Jesús desafió la autoridad de las enseñanzas judías, no porque
la Palabra de Dios no fuera la fuente de autoridad, sino porque las
interpretaciones de los que decían tener la verdad, estaban muy lejos de las
enseñanzas que Dios le había dado originalmente a su pueblo. Ese hombre llamado
Jesús habló con autoridad, porque vino del Padre a nosotros. Aquella enseñanza
de la ley distorsionada por la mente pecaminosa del hombre vino a ser encauzada
en los labios de su Hijo Jesucristo que vino a enderezar lo torcido (Isaías
45:2).
Los judíos oían lo que sus maestros les enseñaban, pero Jesús les dio el
significado original de la ley. No hay ninguna contradicción entre lo que Dios
dijo e el Antiguo Testamento y las enseñanzas de Jesús. El Señor estaba
hablando del espíritu de la ley y no de las interpretaciones que le habían dado
a lo largo de la historia los letrados judíos. La frase de Jesús “pero yo os digo” no cambió la enseñanza
de Dios, pero sí la forma en que ellos la concebían en ese momento. Es
necesario para cada cristiano saber lo que Dios actualmente ha dicho, y no
confiar solamente en los comentarios de los hombres. A la palabra de Dios no se
le puede añadir o quitar nada.
Jesús explica el
Sexto Mandamiento de la Ley de Dios con el sentido e intención originales. No
sólo es pecado el asesinato, sino primeramente las emociones que frecuentemente
conducen a matar (Proverbios 6:16-19). La diferencia entre las enseñanzas de
Jesús y las de los escribas y fariseos estribaba en que los escribas y fariseos
enseñaban el castigo para un hecho cometido como el asesinato; pero Jesús
trataba con las emociones que conducían a esos hechos. Nuestro Señor se
adelantaba al acto que consumaba el pecado enseñando que también era pecado la
ira, el desprecio, la carencia de amor, y que estos pecados que se originan en
el corazón antes que los hechos conducen a sucesos lamentables.
“Necio” es
la traducción del original “Raca” (alguien que tiene la cabeza vacía,
inservible, sin valor, y por tanto puede ser excluido o eliminado. “Fatuo” es, sencillamente, un sinónimo
(Mateo 5:22). Históricamente estas actitudes han traído consecuencias fatales
para los seres humanos. Los movimientos de Supremacía racial, desprecios
étnicos, el racismo, el odio, el trato de otras personas como inferiores, el
pensamiento de que hay grupos subhumanos, genocidios, y otros pecados. Jesús
exaltó a los que eran considerados débiles e inferiores por los judíos (Gálatas
3:28; Colosenses 3:10-14). Las distinciones la hemos hecho los seres humanos;
ya sea por la nacionalidad, por la posición social o por la religiosidad; pero
la Palabra de Dios dice que por un solo
Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean
esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu. (1
Corintios 12:13).
Cosas que Podemos Aprender de los Animales Según la Biblia
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Proverbios 30:24-28
Proverbios 30:24-28
Los seres humanos fuimos creados para ser el ejemplo
de virtud en la creación. La Palabra de Dios afirma que fuimos hechos a imagen
de Dios (Génesis 1:27) y coronados de honra y de gloria (Salmo 8:5). Todo lo
creado debe honrar a Dios (Salmo 150:6). El pecado rompió la capacidad de
entender correctamente a Dios y deshizo lo bueno que había en nosotros. Dios
intenta rescatar esos valores en nosotros a través de su Palabra. Una de las
cosas que vemos en la Palabra de Dios es que se usan las cualidades de los
animales para hacernos entender a nosotros la voluntad de Dios.
En Proverbios 30 se hace alusión a cuatro animales
que, a pesar de sus limitaciones y ser pequeños e indefensos, sobreviven por el
instinto de sabiduría que Dios ha puesto en ellos.
1. Las hormigas, que aunque son pequeñas son muy laboriosas y en el
verano se preparan para el invierno. La cualidad que destacan es la
perseverancia. La hormiga es sabia, previsora, prudente, precavida y lista.
Como nos dice el libro de Proverbios “…
pueblo no fuerte, y en el verano preparan su comida”. (Proverbios 30:25). “Ve a la hormiga… Mira sus caminos, y sé
sabio; la cual no teniendo Capitán, ni gobernador, ni señor, pre-para en verano
su comida” (Proverbios 6:6-8).
2. Los conejos, que aunque no son muy esforzados, ponen su casa en la
piedra (proverbios 30:26). El término he-breo para este tipo de conejo es ‘shaffan,’ que significa: tesoro, algo de mucho valor. ¿Qué nos
dice Dios en Éxodo 19:5?: “Ahora pues, si
diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial
tesoro sobre todos los pueblos...”. Los conejos supieron elegir su refugio
(Mateo 7:24–27). No hay mejor lugar en el campo que una gran roca para
protegernos de una tormenta. Los árboles pueden ser arrancados, pero una gran
roca no será movida. Nosotros como creyentes hemos de buscar refugio en La
Roca, Jesucristo (Isaías 28:16; Hechos 4:11, 12). Vendrán vendavales de
ignorancia, tormentas de modas y criterios que atentarán contra nuestra fe,
tristezas de la vida, enfermedades, crisis familiares, dolores, fracasos,
abandonos, pero nadie nos podrá arrebatar nuestra fe si nos hemos refugiado en
la Roca de los siglos. Al final de la tormenta, cuando todo acabe, cuando Dios
haya hecho su supremo llamamiento (Filipenses 3:12–14), hemos de alcanzar la
eternidad.
3. Las langostas que trabajan en equipo para hacer su trabajo. Hablan
de la unidad. La Palabra de Dios enseña que la iglesia es el cuerpo de Cristo y
debe estar unida. Cada parte debe hacer su labor según el don que el Espíritu
Santo le ha dado a cada cual para la edificación del cuerpo de Cristo. Edificar
no significa solamente hacer sentir bien a los demás, sino procurar que la iglesia
como unidad crezca en espiritualidad y membresía. De esta manera estamos
cumpliendo con el mandato de Cristo. La unidad es la fuerza arrolladora que
hace que nada detenga a la iglesia. Hay un refrán que Dice que ‘en la unión está la fuerza’ y es real.
Muchos de nuestros principios están siendo debatidos y pisoteados porque no
estamos unidos como iglesia de Cristo.
4. La araña que vive en el palacio del rey. Algunos presumen de sus
logros en esta vida. Nosotros debemos presumir de los nuestros. Vivimos,
aunque por un poco de tiempo, en los atrios del Rey. Y un día, aunque somos
débiles y nuestra fragilidad está a la vista, hemos de vivir en los palacios
del Rey. En nuestra habitación celestial disfrutaremos de toda la gloria que el
mundo nos ha negado, no porque presumimos que somos fuertes, sino porque hemos
reconocido nuestra debilidad y le hemos entregado a Dios nuestras vidas. Porque
hemos sido valientes y hemos arrebatado el reino de los cielos (Mateo 11:12).
Encontramos también en Las Escrituras dos
zoomorfismos de nuestro Señor. Jesucristo está a nuestro favor como León de la
tribu de Judá para defendernos (Apocalipsis 5:5), aunque nos salvó con la
ternura y la bondad de un cordero (1 Pedro 1:18–19), sufriendo en silencio
nuestra maldad por amor. Y ahora ¿quién acusará a los escogidos de Dios si Dios
es quien los justifica? (Romanos 8:33).
Tuesday, July 10, 2012
Una Justicia Mayor
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Porque os digo
que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no
entraréis en el reino de los cielos. ~Mateo 5:20
La justicia es el anhelo de los seres humanos. Pero
en muchas ocasiones la justicia es para otros y no para mi mismo. La justicia
a la que el Señor se refiere en este pasaje es a la justicia que parte de mi
propia justicia, a la justicia que es satisfecha a través del cumplimiento de
la justicia en nosotros mismos. Hemos popularizado entre la grey de Dios la
palabra fariseo como algo malo
aludiendo a la característica distintiva de casi todos ellos, que era la
hipocresía. La hipocresía de los fariseos consistía en exigir el cumplimiento
de las leyes espirituales y morales; en fabricar a través de la interpretación
normas y valores que ellos cumplían rígidamente como un rito externo, pero no
había una convicción interior en sus corazones.
Había corrupción en sus corazones, porque
practicaban la ley de una forma ceremonial pero habían dejado a un lado la
misericordia (Id, pues, y aprended lo que
significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a
justos, sino a pecadores, al arrepentimiento. Mateo 9:13). A esa actitud
sincera del corazón Jesús la llamó justicia
mayor que la de los fariseos. Una justicia que obedece porque ama a Dios y
no por un cumplimiento estricto que en la mayoría de los casos estaba cargado
de crueldad. No decimos que la ley es mala en sí misma, pero a veces los
métodos que usamos han echado fuera los valores y el espíritu de la ley que es
enseñar, no castigar; aunque a veces lleva en sí misma castigo.
La filosofía moderna de la salud habla de evitar a
toda costa el dolor y esto se ha propagado a todas las esferas de la vida del
hombre moderno; pero hay cosas que deben dolernos para que haya cambios
radicales en nosotros. Si no existiera la ley, no habría un espejo en el cual
nos miráramos para saber cuán lejos estamos de la voluntad de Dios. La Palabra
de Dios habla de la Ley como un “ayo”
(Gálatas 3:24), el maestro que nos enseña rectitud, obediencia, y todas las
virtudes cristianas. En los signs computarizados de las autopistas aparecen las
palabras en inglés click it or ticket.
Para los que no les gusta amarrarse con un cinturón de seguridad, esto es un
fastidio, pero le ayuda a salvar sus vidas en caso de un accidente. La ley de
Dios no salva la vida del hombre pero muestra el camino de la salvación.
Las iglesias han ido las responsables de ganar
muchas almas para el Señor, pero también han sido las responsables por la
pérdida de otras al aplicar leyes, criterios y tradiciones que no están en Las
Escrituras y que la mayoría de los creyentes practica por verse comprometidos
con una comunidad de fe llena de ritos creados humanamente. La justicia mayor
es la justicia que parte de el amor y la misericordia. Una ley des-provista de
estas virtudes es crueldad. El Señor Jesús hizo referencia a ello cuando le
dijo a los fariseos: Ustedes imponen
cargas que ni ustedes mismos pueden llevar (Lucas 11:46).
Quizás después de leer estas palabras alguien ose
decir que la justicia que es por la ley no es importante, pero nosotros no
somos cristianos del Nuevo Testamento solamente, somos cristianos de toda la Biblia,
y cada palabra, ya sea que se encuentre en el Antiguo Testamento o Nuevo
Testamento, es Palabra de Dios (2 Timoteo 3:16-17). El problema no está en la
Ley sino en quien la aplica. Para que nuestra justicia sea mayor que la de los
fariseos, nuestra ley debe ser la ley del amor. Todo lo que Dios demanda de
nosotros es bueno, porque es para nuestro bien, pero hagámoslo con la buena
sazón de su misericordia.
Buscad a Jehová
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está
cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y
vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el
cual será amplio en perdonar. ~Isaías 55:6
Se buscan tantas cosas en
esta vida que a veces olvidamos lo que más relevancia tiene. La mirada de la
humanidad está puesta en el futuro, pero no en el eterno, sino en el futuro
terrenal, en lo que esta vida ofrece. Sin embargo, cuando se trata de buscar a
Dios pareciera que no hay beneficios a corto plazo, y por lo tanto, no se
ocupan de ello. Es como el que trabaja arduamente para tener todo lo que desea
y se olvida acumular para su retiro. Al terminar su vida laboral encontrará que
no tiene nada. Hay que buscar a Dios porque cuando termine nuestra vida
terrenal no habremos acumulado nada para el retiro celestial.
La Palabra de Dios dice que Dios no es Dios de muertos, sino Dios de
vivos (Lucas 20:38). Significa que es en esta vida donde debemos de buscar
a Dios. Quizás le hayas dedicado tiempo a la caridad y las obras sociales que
son muy buenas y provechosas para los necesitados, pero si no has buscado a
Dios con fe (Deuteronomio 4:29), no has cultivado tu relación con Dios. Serás
como dijo el apóstol Pablo, heraldo para
otros (1 Corintios 9:27). La palabra de Dios dice que sin fe es imposible
agradar a Dios (Hebreos 11:6). De esa fe genuina se concibe sin esfuerzo alguno
la alabanza, la oración y la obediencia como los frutos de una planta arraigada
junto a la corriente de un río que recibe todo lo que necesita de esa fuente de
agua.
Dios ha hecho un llamado a la
humanidad a dejar la impiedad (Isaías 55:7). El pecado rompió la relación de
los seres humanos con Dios y cada vez más se cierne su sombra sobre la
humanidad quitándole su dignidad. Volvámonos de nuestros pecados a Dios, porque
Él nos ama y ha suministrado a través del sacrificio de Cristo nuestra
salvación con un perdón que abarca no solo a todos los hombre de la tierra,
sino a todos sus pecados también. Todo el que crea en El será salvo (Juan
3:16). Es posible buscar a Dios porque Él se dejará encontrar. El secreto de
hallarlo está en tu corazón (Jeremías 29:13). Hoy, aquí, en este momento, en
esta vida, podrás buscar lo que te falta y lo recibirás porque todo el que
busca de Dios haya, el que pide recibe y que llama a su puerta Él le abre
(Lucas 11:9–10).
El buscar a Dios deriva en
grandes bendiciones para la vida y no debe ser un sueño que posterguemos para
el fin de nuestros días porque no sabemos cuán cerca está ese momento (Salmo
90:9; Job 14:1–2; 1 Pedro 1:24).
Toda gloria humana es
pasajera
Y no retornará el día que
pasó;
Los encantos de una vida
perecedera
Son trampas que el diablo preparó.
Pero tú, hombre de fe, mira
hacia arriba,
Buscando con profundo amor a
Jehová Dios,
Sabiendo que hallarás con fe
genuina
Descanso, salvación y amplio perdón.
La Espada Que Nunca Perece
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Porque la palabra
de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y
penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y
discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Hebreos 4:12
En muchas películas de ciencia ficción hemos visto a
espadas que son mágicas y que el hombre que las tome podrá vencer a sus
enemigos con ella. Pero en la vida real hay una Espada que tiene mucho poder y
que es indestructible y esta es la Palabra de Dios que es la Espada del
Espíritu (Efesios 6:17). La espada siempre ha sido un arma ataque; pero también
de defensa ya que puede librar al que la usa de los golpes de la espada del
enemigo. En el plano espiritual ocurre lo mismo, solo que es muy real la lucha;
una lucha que no tiene que ver con sangre y carne, sino con las huestes
espirituales de maldad (Efesios 6:12). Para ello Dios nos ha dado la Espada del
Espíritu y todo hombre que la use será un vencedor.
¿Para qué es útil la Espada del Espíritu? Dice
Hebreos 4:12 que su utilidad consiste en su naturaleza: viene de Dios. Por ser
un arma espiritual sirve para la lucha espiritual que se desarrolla a nuestro
alrededor y solo con un arma espiritual podemos entrar en esta lucha porque de
otro modo seremos derrotados. La espada del Espíritu tiene dos filos, uno para
redargüir y convertir a algunos (Hebreos 4:2), y el otro para condenar y
destruir a los incrédulos. (Hebreos 4:14). Su alcance es tal que llega hasta
la mayor necesidad del hombre que es su alma. Por ser todos los seres humanos
de dos naturalezas (la material y la espiritual) tienen necesidad de Dios y es
la Palabra de Dios la que habla a nuestros pensa-mientos e intensiones del
corazón. Es capaz de llegar al alma para mostrar lo que en ella hay.
La fe llega a nosotros por el conocimiento de la
Palabra de Dios (Romanos 10:17). Así que, la Escritura es de gran utilidad
porque llega a donde nadie puede llagar que es el corazón del hombre, sus
pensamientos e intensiones. Ni las palabras más sabias que el hombre pueda
decir, ni la psicología moderna con toda su pompa, ni los argumentos más
grandiosos pueden hacer al corazón humano lo que hace la Palabra de Dios. Ella
puede hacernos entender la voluntad de Dios y qué es lo mejor para los seres
humanos. La palabra de Dios es la única fuente de sabiduría, conocimiento y
comprensión de las interrogantes más importantes del hombre. Toda Escritura está inspirada por Dios y es
útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud,
para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer
toda clase de bien (2 Timoteo 3:16 DHH).
Wednesday, June 20, 2012
Padre Para Toda La Vida
Por: Pastor Carlos A. Goyanes
Muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad,
pero hombre de verdad, ¿quién lo hallará? Camina en su integridad el justo; sus
hijos son dichosos después de él.
Proverbios 20:6–7
La
sociedad moderna ha destacado la labor de la madre como la más importante y
relevante para la crianza y educación de los hijos, pero la Palabra de Dios
enseña que tanto la labor de la madre como la del padre son de igual manera
importantes. La labor del padre no solo es engendrar los hijos y luego
abandonarlos en los brazos de su madre para que ella se encargue de lo demás.
Hay un dicho popular que reza así: “Ser
padre no es solo el que engendra, sino el que cría”.
En
un mundo de pecado donde todas las normas establecidas por Dios se han roto,
pareciera que la maternidad es suficiente para el cuidado de los hijos; sin
embargo, Dios creó al hombre, varón y hembra
los creó, como dicen Las Escrituras, para que procrearan y velaran por sus
hijos (Génesis 1:28). La Palabra de Dios habla también del espíritu de
paternidad que debe existir en los padres de hoy (Salmo 103:3). Ser padre es
una responsabilidad porque se es padre para toda la vida. A pesar de que
nuestros hijos estén casados y nuestra responsabilidad en la educación temprana
de nuestros hijos haya cesado, no hemos dejado de ser padre de ellos.
El
padre cristiano debe buscar el modelo infalible de Jesucristo que es Dios hecho
hombre, y procurar llegar a su estatura (Efesios 4:13). De esta manera podrá
hallar el significado de la felicidad y la vida humana. Al acudir a Cristo,
vemos un concepto de felicidad muy diferente al que ofrece nuestra cultura de
consumo. La misión del padre moderno es, procurar la salvación de sus hijos
porque su tarea consiste principalmente
en la salvación de su familia. Un padre cristiano procura asirse de la Palabra
de Dios para instruir a sus hijos (2 Timoteo 3:16, 17).
Cristo
es el único santo y nosotros los padres no somos perfectos, pero Dios nos ha
dado una encomienda maravillosa. Al seguir la vocación de la paternidad, somos
llamados a imitar la santidad de Cristo que se entregó por completo. Por eso
podemos decir que la paternidad es un llamado a la santidad que nos permite
entregarnos sin reservas. Ser padre no es una carga que nos ha sido impuesta,
sino la manera que Dios nos ha dado para encontrar una mayor felicidad. Eludir
la paternidad por el disfrute de los bienes temporales de este siglo es robarse
a uno mismo una de las experiencias más enriquecedoras de la vida. La
paternidad nos habla de entrega, de responsabilidad, de sacrificios, de
santidad, de proveer, de instruir y de educar (Proverbios 22:6).
Al
presente, ningún sacrificio paternal debe ser una molestia, sino más bien una
satisfacción al ver reflejado en nuestros hijos, al alcanzar sus metas, la
sonrisa que aprueba nuestro tenaz esfuerzo. No habrá nada después del Señor,
que llene más nuestros corazones, como escuchar de nuestros hijos las palabras: ¡Gracias papá! Más de una lágrima
escapará de nuestros ojos por el gozo de saber que estamos cumpliendo nuestra
misión, la misión de ser padre.
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