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Tuesday, May 22, 2012

Bienaventurados los que Padecen Persecución


Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Mateo 5:10

Ser perseguidos no es el sueño de los cristianos, no al menos el de los cristianos sensatos. La persecución ha sido un arma que ha tenido satanás para tratar de hacer claudicar a los cristianos; pero ha sido también la que ha descubierto a los falsos creyentes. En ningún momento la Palabra de Dios nos dice que la persecución es una bienaventuranza, sino más bien, que es una señal a los que la padecen de su fidelidad al Señor.

Este pasaje alude a la persecución por causa de la justicia, no por ser personas que antisocialmente promueven la fe en ausencia de sabiduría para hacerlo. Vivimos en un país donde la persecución no es tan fuerte como en otros países del mundo que por el solo hecho de ser cristianos son asesinados. La justicia a la que el pasaje se refiere es a la justicia del hombre que no entiende la justicia de Dios. ‘Por causa de la justicia’ es por causa de la justicia de Dios, no por nuestra propia justicia. ¿Por qué otra justicia debiéramos ser perseguidos los cristianos? La justicia humana persigue a los que practican la justicia de Dios porque ellos no se basan en sus preceptos.

Si nuestra propia justicia nos trae problemas, no es esa la justicia a la que se refiere el pasaje. A veces nos es difícil diferir entre nuestros prejuicios y nuestros principios por causa de nuestro carácter, y esto nos trae problemas. Depende muchas veces de cómo hemos sido criados, enseñados y del medio en que nos hemos desarrollado que a menudo difiere de las enseñanzas de Las Escrituras.

No son bienaventurados los que son perseguidos por un error, sino los que son perseguidos por la verdad de Dios (1 Pedro 4:14–19); los que queriendo hacer el bien hallan oposición en los malvados de la tierra que son instrumentos de satanás. Como dice la Palabra de Dios, los que ‘digan toda clase de mal contra vosotros mintiendo’ (Mateo 5:11). Algunos que dicen ser creyentes quieren ser perseguidos para mostrar que son verdaderos cristianos, pero el verdadero cristiano no desea ser perseguido, sino enseñar al mundo el evangelio de Jesucristo.

Padecer por causa de la justicia es un mal que los cristianos hemos soportado por siglos, sin embargo ha servido para depurar nuestra fe (1 Pedro 1:6–7) y para limpiar la era del Señor (Lucas 3:17). No queremos ser perseguidos, pero con fuego se prueba nuestra fe (1 Corintios 3:13), que en algunos casos se fortalece, y en otros fracasa, porque no es verdadera. Los cristianos padecen en todos los países del mundo de una manera u otra, pero hay que pagar el precio. No es la fama la que mueve a la iglesia o al creyente, sino el deseo de que el mundo conozca la verdad de Dios. No hemos recibido aplausos ni premios, más bien tormentos por lo que hacemos, pero tenemos la certeza de que seremos bienaventurados porque el Señor así lo ha prometido. No somos bienaventurados cuando somos perseguidos, sino porque hemos sido fieles a nuestro llamado aun  en la persecución.

El mundo no ha sido digno de todos los que han dado su vida por esta fe, los que se han sacrificado por causa del evangelio (Hebreos 11:34–38), pero por la lealtad de los que nos precedieron hoy nosotros somos salvos ya que ellos se encargaron de transmitir de generación en generación la Palabra de Dios.

No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. Apocalipsis: 2:10

Wednesday, May 9, 2012

Bienventurados los Pacificadores

Por: Pastor Carlos A. Goyanes


Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
(Mateo 5:9)

Uno de los frutos del Espíritu es la paz (Gálata 5:22); pero para llegar a tener paz en el corazón es necesario haber conocido a Cristo. La paz es uno de los dones celestiales más preciados por el hombre; sin embargo, la paz no es la ausencia de la guerra, sino el bienestar de la persona. La palabra hebrea para paz (shalom) y la griega (eiréne) siempre quieren decir todo lo que contribuye al bienestar supremo del hombre. En el Oriente cuando un hombre le dice a otro: ¡Salám! que es la misma palabra, no quiere decir que le desea al otro solamente la ausencia de males; le desea la presencia de todos los bienes. En la Biblia, paz quiere decir no solamente liberación de todos los problemas, sino disfrutar de todas las cosas buenas.

El principio de toda paz es el estar en paz con Dios (Romanos 5:1). La fe produce paz porque nos da la convicción de que todo bienestar proviene de Dios (Salmo 13:6). El hombre, por su naturaleza caída, vive en una continua rebelión contra Dios y se cree el centro de todas las cosas; pero la única manera de tener paz es dejar que Dios tome el centro y dirección de nuestras vidas. Siempre que conducimos nuestro automóvil tenemos el temor de equivocarnos o de que otro cometa un error que nos lleve a un accidente. Cuando nos ponemos en las manos de Dios, tenemos perfecta paz porque quien conduce no está sujeto a desaciertos (Mateo 5:48).

Cristo es el príncipe de paz (Isaías 9:6). Todos los adversarios que trataban de dañarnos, Dios los venció a través de Cristo para garantizarnos la paz y el bienestar. Ni el pasado, ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni el presente, ni el futuro pueden quitarnos la paz si confiamos en la obra redentora de Cristo (Romanos 8:38–39).

La paz no es un accidente que simplemente ocurre en un momento. La paz hay que buscarla, luchar por ella y mantenerla (Salmo 34:14; Hebreos 12:14; Romanos 12:18). Si Dios trabaja todavía, nosotros también debemos hacerlo (Juan  5:17). La paz no se consigue sólo con buenas palabras. Para disfrutar de ella hay que estar dispuesto a luchar, a esforzarnos y trabajar por ella. La paz se erige con el esfuerzo de cada creyente por el bienestar de los demás. Esta es, precisamente, la virtud que el mismo Jesús honraba al inicio de su Sermón del Monte dejándonos como una bienaventuranza el ser pacificadores: Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mateo 5:9).

La paz de Dios no busca cambiar solamente las apariencias y lo meramente superficial; su objetivo es lograr una paz interior. Dios quiere llegar a lo más profundo del ser humano y dejarnos su paz (Juan 14:27). Paz con Dios, paz con el prójimo y paz con uno mismo. Porque, en la medida que nuestras vidas son ordenadas según la voluntad de Dios, se acrecienta la paz en nuestros corazones y nos convertimos por ende en pacificadores. De manera que, esa actitud que viene del Padre, hace que la gente vea a Dios en nosotros y nos distinga como hijos de Dios.

Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. (Filipenses 4:7)


Monday, April 23, 2012

Bienaventurados los Misericordiosos

Por: Pastor Carlos A. Goyanes

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mateo 5:7).

¡Cuán preciosa es la misericordia! Es una virtud que viene de Dios. Cuando prende en el corazón de los mortales alivia al alma sufriente y da esperanza al que tiene necesidad. Así es la misericordia de Dios, tan grande que alcanza a todo aquel que le busca y libra a todo aquel que cree.

Es interesante saber que la palabra misericordia viene del hebreo hesed (חסד) que sugiere una relación íntima entre la misericordia y la justicia. Esto enseña que la misericordia no pasa por alto la justicia, pero el hombre se justifica en la misericordia de Dios. Si has recibido misericordia, es porque has cumplido tu parte del pacto que hiciste con Dios. La misericordia de Dios nos envuelve en su amor constante, pero demanda una actitud recíproca.

En el Nuevo Testamento la palabra usada es eleémon (elehmon del griego que se traduce en Mateo 5:7 como misericordia o compasión. La misericordia es uno de los atributos de Dios por el cual El expresa su bondad y amor para el que sufre. Es interesante que la palabra misericordia que usamos en nuestro idioma español venga del latín miser (miserable, desafortunado) y cordis (corazón). La misericordia puede ser fingida, pero la verdadera misericordia es una actitud interior que se deriva de una relación profunda con Dios que dura toda la vida. Tener misericordia es tener un momento de compasión por alguien que sufre o perdonar a alguien que nos ha hecho daño (Lucas 10:33). Pero ser misericordioso va más allá de un momento de piedad porque implica un deseo interior de servicio y tomar parte en la acción de ayudar a otros.

El Señor Jesucristo fue el gran ejemplo de la misericordia, nunca pecó, no hizo daño a nadie, siempre dijo la verdad, vino a salvar al hombre perdido y aun así lo vimos desde la cruz decir “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). También nosotros los que creemos en el Señor podemos ser ejemplo de misericordia para aquellos que nos desprecian, y nos difaman y en el momento que ellos quieran hacernos daño elevemos una oración a Dios para que se compadezca de ellos. Porque qué recompensa tenemos si devolvemos mal por mal u ofensa por ofensa (Proverbios 16:6; Mateo 6:14–15). Ser misericordioso es ser feliz (Proverbios 19:22a). Un ejemplo de la misericordia de un cristiano lo encontramos el la Palabra de Dios cuando un diácono de la iglesia de Jerusalén llamado Esteban pedía a Dios perdón para quienes lo apedreaban (Hechos 7:60).

El deseo de Dios es que los que han alcanzado la misericordia sean misericordiosos. La misericordia es un don de la gracia de Dios y es segura para el que la ejerce, porque Dios ha prometido que los misericordiosos alcanzarán misericordia (Mateo 5:7). Así que, debemos por las misericordias de Dios, presentar nuestros cuerpos en sacrifico vivo, santo y agradable a Dios (Romanos 12:1). Nosotros somos parte integral de la agencia terrenal de la misericordia de Dios que tiene su sede en el cielo, pero su oficina está aquí en la tierra y se llama la Iglesia de Jesucristo.

Monday, April 16, 2012

Bienaventurados los que Tienen Hambre y Sed de Justicia

Por: Pastor Carlos A. Goyanes

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. ~Mateo 5:6

La justicia es uno de los aspectos de la vida que el hombre por su naturaleza caída descuida. En consecuencia se derivan muchos males a nivel social, personal y espiritual. La justicia abarca todos los aspectos de la vida y sino hay justicia, se carece de base moral para la vida.

Pero, ¿qué es la justicia? Según el diccionario, es "el conjunto de reglas y normas que establecen un marco adecuado para las relaciones entre personas e instituciones, autorizando, prohibiendo y permitiendo acciones específicas en la interacción de individuos e instituciones". La justicia de los hombres obtiene su modelo en la cultura, en la formalidad y en el pecado. Pero muchas veces lo que es justo para los hombres es injusto para Dios. De manera que, de la justicia a la que nos referimos aquí es a la justicia de Dios (Salmo 11:7).

Por muchos años la iglesia ha callado y no ha hablado de la justicia de Dios. No hemos hablado de la pesa falsa, el falso testimonio y la opresión. Es cierto que nuestra labor como creyentes es predicar el evangelio, pero es también denunciar la injusticia. Los profetas que fueron antes de nosotros denunciaron la injusticia y hablaron de la esperanza que viene de parte de Dios.

Jesús ilustró el deseo de justicia con dos necesidades humanas básicas: el hambre y la sed. Estas pueden ser saciadas pero se vuelve a tener hambre sed. Comparar el hambre y la sed con la necesidad de justicia significa que la lucha contra la injusticia no debe dejarnos satisfechos. Si hemos denunciado la maldad, debemos hacerlo de nuevo. Es como las iglesias que han crecido lo suficiente y se sienten cómodas, ya no tienen la necesidad de seguir evangelizando. No podemos acomodarnos a la injusticia. La lucha no debe detenerse, al menos no aquí en la tierra.

El propósito fundamental de la iglesia es evangelizar al mundo, pero también tiene que denunciar la injusticia. Los seres humanos han establecido su propia justicia que en muchas ocasiones es diametralmente opuesta a la justicia de Dios (Proverbios 11:18). La justicia del mundo es una conformidad con las reglas externas, la del creyente es una justicia interior, del corazón, de la voluntad y de la intensión. Esta es la clase de justicia por la cual deberíamos tener hambre y sed. La justicia bíblica es más que un asunto privado y personal, ella también incluye la justicia social que libera a los seres humanos de la opresión (Proverbios 14:34), promueve los derechos civiles (Salmo 82:3), lucha porque los veredictos en las cortes legales sean justos (Proverbios 12:17; 16:8), que haya dignidad en los negocios, y para que sea honorable el hogar y los asuntos familiares (Eclesiastés 5:8; 33:15-17).

Los cristianos estamos comprometidos a tener hambre y sed de justicia, no solo en nuestro entorno, sino con toda la humanidad (Isaías 32:17). En esta vida nuestra hambre nunca será completamente satisfecha, ni nuestra sed totalmente saciada; de igual manera debe ser nuestra justicia. De lo que sí estamos seguros es que llegará el día en que seremos saciados por la eternidad (2 Timoteo 4:8).

Monday, February 27, 2012

Una Persona Dichosa

Por: Pastor Carlos A. Goyanes

Mateo 5:1–12

En la vida de los que creen en el Señor deben existir las actitudes que describen las bienaventuranzas de Mateo 5 ya que estas son características de los hijos de Dios y han sido diseñadas para que seamos felices. La Palabra de Dios dice que hagamos tesoros en el cielo (Mateo 6:20) y esta es una buena manera de aumentar nuestras riquezas celestiales que comienzan a acumularse aquí en la tierra.

La Escritura dice que Jesús les enseñaba (Mateo 5:2) y comenzó con las bienaventuranzas. Se puede ser afortunado por anhelar y retener las actitudes cristianas que contienen estas bienaventuranzas ya que es Dios quien las demanda de nosotros. Jesús las enseñó para que todo creyente se apropiara de ellas a través de la fe. Las virtudes cristianas son reflejadas por cualidades que adquieren los creyentes y lo hacen feliz con lo que tienen de Dios en sus vidas. Todo comienza descendiendo hasta que no quede nada de mi “yo” y subiendo hasta haber alcanzado todo de Dios.

• Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (v.3).
El pobre de espíritu es el que reconoce su pequeñez delante de Dios y reconoce a Dios en su vida. El corazón que no tiene a Cristo está lleno de conflictos, odios, enemistades, orgullo y toda clase de pecados. Cuando dejamos que el Señor entre en nuestras vidas, Él va sacando de ella todas esas cosas que impiden una relación con El. Y ocurre que al darle lugar al Señor en nuestro corazón descubrimos que nacimos de nuevo (Juan 3:3).

• Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación (v.4).
Los que lloran son aquellos que sufren por causa de la culpa de sus pecados. Son los que imploran el perdón a Dios porque se han arrepentido de sus faltas. Dar un giro de ciento ochenta grados a tu vida, darle la espalda al pecado, es algo que Dios reconoce como una actitud de reconciliación con El. Una vez nacidos de nuevo, rechazamos el pecado y toda influencia de éste, pero en el proceso sufrimos. De hecho, la lucha contra el pecado y su culpa es de toda la vida, pero tenemos a Cristo que vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (Juan 10:10). Puede que sean muchos nuestros pecados o los pecados de otros por los que tengamos que llorar, pero de todos ellos nos librará el Señor (Isaías 1:18).

• Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad (v.5).
Si antes éramos hijos del trueno (Marcos 3:17), nos irritábamos con facilidad, no perdonábamos a los que nos hacían mal, no soportábamos las pruebas que venían a nosotros, sino que tratábamos de actuar por nuestras fuerzas; ahora eso cambió, porque le hemos dado el lugar a Dios para que intervenga. Las pruebas, aunque nos duelen, las provocaciones de los hijos de las tinieblas y los defectos de quienes nos rodean nos invitan a luchar, pero aprendimos a ser mansos, a soportar por amor y a curar las heridas de otros. Ya no nos domina el mundo, nos gobierna Dios; ahora somos las mansas ovejas de su prado (Salmo 100:3), ya no somos rebeldes, sino dóciles.

• Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados (v.6).
Debemos buscar la justicia de Dios y ser declarados justos para ayudar a otros en su justicia. Así como tenemos necesidad física de alimento y agua todos los días, la búsqueda de la verdad y la justicia deben ser nuestro pan diario. El estudio diario de las Escrituras nos enseñará lo que Dios quiere para nosotros. Solo puede ser saciado el hambre y la sed de justicia con la Palabra de Dios, porque allí está la verdadera justicia. ¡Convirtámonos en expertos exploradores de la verdad de Dios!

• Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (v.7).
El amor y la acción es la combinación que hace a los hijos de Dios mostrar la misericordia. Esto mueve a Dios a darnos de su misericordia cada mañana. Así como los rayos del sol alumbran la tierra, dice la Palabra de Dios que El renueva sus misericordias (Lamentaciones 3:22–23). Si no somos misericordiosos, no podemos aspirar a la misericordia de Dios. Cuando realmente perdonamos y tenemos misericordia es cuando tendremos misericordia (Marcos 12:30,31; Mateo 6:12).

• Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios (v.8).
La palabra corazón en la Biblia se refiere a los sentimientos y a la mente, así que es de suma importancia que nuestra mente esté pura, libre de la contaminación y de malos pensamientos, para que nuestros sentimientos sean sanos. Es necesario lavar en la sangre de Cristo toda nuestra vida. El esfuerzo que hacemos para estar limpios el Señor lo recompensa. No somos perfectos, pero vamos en camino, y esto indica que hay que trabajar para la perfección. Dios nos recibe como somos, pero aspira a que avancemos en la fe, que crezcamos en El, y para ello hay que limpiar el corazón.

• Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios (v.9).
A medida que hay pureza en el corazón comienza a aflorar la paz en nuestras vidas porque ya no estamos en guerra con Dios; ahora estamos obedeciendo y tratando de ser como Jesús. La paz es el resultado de una vida limpia y entregada a Dios, donde los pecados, las culpas y los temores han sido puestos en sus manos. Ahora que conocemos la verdadera paz, no la del mundo, sino la que Cristo da (Juan 14:27), entendemos lo que es tener paz y estamos calificados para ser pacificadores. Dios no desea tener enemistad con el hombre, de hecho quiere ser nuestro amigo (Romanos 5:1).

• Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros (vs.10-12).
Los cristianos son los que verdaderamente poseen la salvación y no pertenecen a este mundo. Fueron llamados aparte por causa del evangelio y es claro que el mundo odia a Dios, por eso somos perseguidos de una manera o de otra. Podemos conformarnos a este mundo y no seremos atribulados; pero el cristiano real sabe que tendrá que padecer por amor a Cristo. Este mundo está en tinieblas y desprecia la luz. Nosotros somos la luz del mundo y somos la oportunidad que el mundo tiene para salvación porque Dios nos ha dado la tarea de evangelizar. En este camino habrá persecuciones, pérdidas y tristezas, pero nuestro galardón es grande en los cielos (Mateo 5:12).