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Wednesday, January 15, 2014

El Perdón

Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí?  ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete. ~Mateo 18:21

La relación que gozamos con nuestros hermanos en la fe es una de las bendiciones más grandes que la iglesia puede tener. De esta relación depende la armonía de la iglesia y de cada creyente que es fortalecido espiritualmente fomentando la amistad entre los hermanos. Por el contrario, el deterioro de estas relaciones cristianas es devastador para la iglesia. Desde una acción insignificante mal interpretada, hasta una acción preconcebida y a propósito, basta para que se deterioren las relaciones entre los hermanos. La ofensa de cualquier manera divide y resquebraja la paz de la iglesia.

Yéndonos al plano personal, es muy probable que cada uno de nosotros haya sido ofendido de alguna manera; pero debemos tener muy en claro la manera en que nosotros reaccionamos ya que somos diferentes a los del mundo. No podemos negarnos al perdón, sino que nuestra meta debe ser la reanudación de nuestras relaciones con nuestros hermanos que nos hayan ofendido. Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó que el que ha sido ofendido debe ir al ofensor para iniciar la reconciliación con él (Mateo 18:15). Si el hermano ofensor se niega a la reconciliación, según el Señor, debemos traer con nosotros a dos o tres testigos para tratar de lograr la reconciliación (Mateo 18:16); si aún no quiere escuchar, debe de ser llevado delante de la iglesia y si no oye a la iglesia debe ser tenido por “gentil y publicano” (Mateo 18:17).

Sin embargo, la enseñanza de Jesús era que deberíamos perdonar, aún si la otra parte no quiere reconciliarse con nosotros. El impetuoso apóstol Pedro preguntó al Señor: “… ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí?  ¿Hasta siete?” (Mateo 18:21). Jesús no titubeó en su respuesta y le dijo: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.” (Mateo 18:22). Los rabinos enseñaban que debía perdonarse hasta tres veces; Pedro sonó más generoso al decir siete veces; pero Jesús dijo setenta veces siete. Parece algo exagerado sobre todo para aquellos que han sido ofendidos por la misma persona varias veces; pero Jesús estaba garantizando que fueran muchas veces para que no pudiéramos recordar después de tantas veces las ofensas. Jesús estaba dando un mensaje con esto y era que debemos olvidar las ofensas que ya hemos perdonado para que perdonemos sin límites como Dios lo hace; esta es una lección que desafía a la gente a amar en un mundo que solo procura vengarse. De otra manera, si no olvidamos las ofensas que nos han hecho después de haberlas perdonado, no hemos perdonado realmente. Nuestra actitud debe ser espiritual y no carnal ya que la falta de perdón no es la actitud de un hijo de Dios.

Sabemos que no hemos perdonado cuando recordamos las cosas que nos hicieron con rencor y amargura. No es fácil perdonar sobre todo si la ofensa ha sido grande o si nos han ofendido muchas veces; pero si nos acogemos a la gracia de Dios podemos vencer todas las ofensas. Nadie ha sido más ofendido que Dios. Nosotros le ofendimos con nuestros flagrantes pecados y le abandonamos; ofendimos a su Hijo rechazando su sacrificio, le escupimos, lo golpeamos, lo maltratamos, lo crucificamos; pero El gozoso llevó la cruz (Hebreos 12:2) perdonando nuestras ofensas (Lucas 23:34; Romanos 8:2). Si hemos de ser semejantes a la imagen de Cristo, tenemos que aprender a perdonar. La deuda de perdón más grande la canceló Dios. Nadie jamás ofenderá a nadie como ofendimos a Dios; pero El en su misericordia nos redimió (1 Juan 1:7).



Monday, January 9, 2012

El Salvará

Por: Pastor Carlos A. Goyanes

“Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Mateo 18:21

“…llamarás su nombre Jesús…”

El nombre Jesús es la forma griega del nombre hebreo Josué que significa “Jehová es salvación”, o sea, Salvador. Desde la antigüedad se había escuchado la promesa del Señor de que vendría el Salvador: “He aquí, vengo” (Salmo 40:7; Zacarías 2:10). Por siglos el pueblo judío — el pueblo de Dios — había esperado ansiosamente la venida de su Libertador. Ahora, “cuando vino el cumplimiento del tiempo” (Gálatas 4:4) el designio divino señaló a Aquel en quien habían de cumplirse esas esperanzas. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

“…porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”

El pecado había encerrado a los hombres (Romanos 6:16; 2 Pedro 2:19) en su propia prisión (Isaías 42:7). Cristo vino para romper las cadenas de la esclavitud, abrir las puertas de la cárcel y libertar a los presos de su condena de muerte (Isaías 61:1; Romanos 7:24-25; Hebreos 2:15). Vino a salvarnos de nuestros pecados, NO en nuestros pecados. Vino para salvarnos de los pecados que ya hemos cometi-do, y de nuestro instinto inherente que nos lleva al pecado (1 Juan 1:7, 9). Jesús vino a “redimirnos de toda iniquidad” (Tito 2:14).

Cristo no vino a salvar a su pueblo del poder del Imperio Romano, como lo ansiaban los judíos, sino del poder de un enemigo mucho más terrible. No vino a restaurar “el reino a Israel” (Hechos 1:6), sino a restituir el señorío de Dios en el corazón de los hombres (Lucas 17:20–21). Cristo vino a salvar a los hombres del pecado, que es la causa fundamental de la pobreza y de la injusticia. Es necesario creer en El y dejar nuestros pecados, ya que El no vino a salvarnos en nuestros pecados, sino de nuestros pecados. Es necesario creer que Dios le envió y dejar todo lo que nos separa de Dios. Podemos venir a El con nuestros pecados, pero al tener un encuentro con El, tenemos que despojarnos del peso del pecado que nos asedia para recibir su salvación y misericordia (Isaías 55:7).