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Tuesday, November 12, 2013

¿Quién Tiene la Última Palabra?

Por: Pastor Carlos A. Goyanes

Entonces dijo a aquel hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada sana como la otra. ~Mateo 12:13
Esbozando el texto bíblico, el Señor después de haber salido de aquel encuentro con los fariseos de la época, vino a la sinagoga de ellos. En aquél lugar había un hombre que tenía la mano seca. Los fariseos preguntaron a Jesús, adelantándose al milagro que habría de hacer, para poder acusarle: ¿Es lícito sanar en el día de reposo? (Mateo 12:10). El Señor Jesús respondió al reclamo con dos argumentos. Primero, si cae una de sus ovejas en un hoyo, ninguno de ellos la dejaría morir, no solamente porque es su propiedad, sino porque esto sería crueldad (Mateo 12:11); y segundo, un hombre vale más que una oveja. El Señor mostró entonces su autoridad al señalar que era lícito hacer el bien en el día de reposo.
La última palabra la tiene Dios aunque no nos guste. Aunque como los fariseos busquemos ocasión para desmentir o suavizar el mensaje de la Biblia, este mensaje incólume es predicado para que sea hecha la voluntad de Dios. El Oráculo Santo, la Carta de Dios a la humanidad tiene la última palabra y es la razón de nuestra existencia. La Palabra de Dios es nuestra única regla de fe y práctica y debe ser escuchada, porque allí se manifiesta la voluntad de Dios para los hombres.
Como los fariseos, tratamos de poner reglas y normas humanas en todos los aspectos de la vida cristiana. La verdad es que todas las cosas han de converger en la Palabra de Dios que a través de los siglos resuena en la conciencia, el alma y los sentimientos del hombre. Es lícito hacer el bien en cualquier circunstancia (Mateo 12:12). Dios nos ha enseñado en la persona de Jesucristo a amar a los demás porque el amor centrado en la voluntad de Dios nunca constituye un pecado, por el contrario, ese debería ser nuestro empleo espiritual.
Aprendamos del Señor que es manso y humilde de corazón (Mateo 11:29). Las críticas a nuestro trabajo en el Señor siempre están presentes. Las murmuraciones, la traición, la oposición, el desacato y el descrédito es parte de los ataques de satanás para desanimarnos de ser fieles, y en algunos casos lo logra con el desánimo. Con argumentos artificiales de mentes almidonadas y corazones endurecidos por la falsa religión que aparenta ser bíblica, nuestra fe se ve amenazada al fracaso; pero no debemos cejar porque nuestra fe no está basada en modelos humanos, sino en la imagen de Dios a través de su Hijo Jesucristo.

Dios siempre ha tenido la última palabra en la ciencia, en la fe, en los derechos humanos, en la justicia, en nuestra casa, en las situaciones difíciles de la vida; solo que no hemos querido escuchar. Al final de nuestra existencia, cuando no nos quede nada más que hacer o decir, cuando estén a punto de romperse las cuerdas que nos atan a esta vida, solo una cosa nos quedará, y esa es Dios, que es la última palabra (Apocalipsis 1:18). Si hemos creído y obedecido al Señor, entonces nuestras vidas secas por el pecado cobrarán nueva vida como la mano de aquel hombre sanada por el Señor (Mateo 12:13).

Monday, April 15, 2013

La Autoridad del Hijo del Hombre


Por: Pastor Carlos A. Goyanes

Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa. ~Mateo 9:6
No todas las personas están dispuestas a reconocer la autoridad de Jesús; pero a pesar de la oposición el Señor muestra su autoridad de muchas maneras. En el pasaje de Mateo 9:1–8, Jesús llegó a Capernaum. Su fama era tal que el lugar donde Él estaba se llenó de gente de modo que no cabían en aquel lugar. En otro pasaje paralelo La Escritura nos dice que había gente allí de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén; también estaban presentes personas importantes de los líderes de los judíos, tales como los fariseos y los doctores de la ley. Su audiencia estaba bien representada (Lucas 5:17).
Jesús tomó algunas acciones que algunos alabaron y otro criticaron:
1. El Hijo del hombre tiene autoridad para perdonar (…dijo al paralítico…tus pecados te son perdonados. Mateo 9:2).
Nuestra fe y doctrina cristiana tienen como antesala las enseñanzas del Antiguo Testamento. De hecho sin Antiguo Testamento no hay nuevo Testamento. La enseñanza vetero-testamentaria arroja que solo Dios puede perdonar pecados. Eso lo tenían muy claro los judíos, por eso acusaron de blasfemia a Jesús cuando le otorgó el perdón de los peca-dos al paralítico (Mateo 9:2). Lo que ellos no aceptaron, ni entendieron nunca por causa de sus mentes legalistas y pecaminosas, era que Jesús no solo era hombre, sino que era Dios también. Al Jesús anunciar que Él era el Hijo del hombre estaba diciendo algo que los judíos conocían muy bien (Daniel 7:13–14). La expresión en hebreo ben-‘adam y en ara-meo bar-‘anash representa a un hombre, hijo de la humanidad (Hijo de hombre), simplemente hijo de Adán, un ser humano. Ellos sabían que uno de los títulos del Mesías era el “Hijo del hombre.” Para ellos Jesús no era el Hijo del hombre y por lo tanto no podía perdonar pecados, porque no era Dios. Se habrán preguntado: ¿Cómo es que un simple carpintero de Nazaret podía perdonar pecados si nosotros los fariseos, los doctores de la ley y nuestros sacerdotes no nos atrevemos a hacerlo porque sabemos que solo Dios puede perdonar los pecados (Marcos 2:5–7)? Los cristianos sabemos con certeza que Jesús es perfectamente hombre y perfectamente Dios. En su naturaleza divina podía perdonar pecados y en su naturaleza humana sufrió como hombre para salvarnos.
2. El Hijo del hombre tiene autoridad para sanar (le dijo al paralítico: Levántate toma tu cama y vete a tu casa. Mateo 9:6).
Demostró que si tenía poder para perdonar pecados, también lo tenía para levantar al paralítico. La parte más difícil de la fe es demostrarla. Decir que creemos es fácil, pero la fe lleva consigo una vida de obediencia voluntaria que demuestra que somos hijos de Dios. La fe nos mueve a obedecer. De la misma manera, Jesús demostró su autoridad no con palabras, que a los oídos incrédulos de los religiosos de la época sonaban a blasfemia, sino con poder al obrar aquel milagro. Después de todo, cualquiera podría pronunciar palabras como tus pecados te son perdonados; pero Él, para demostrar su autoridad, le dijo al paralítico levántate, toma tu cama y vete a tu casa (Mateo9:6). Solo Dios puede dar absolución a nuestros pecados; ningún hombre por muy santo o consagrado que parezca puede hacerlo. Aquellos cuatro hombres trajeron al paralítico y al ver la multitud, sabiendo que no podían llegar a Jesús, lo subieron en el techo, abrieron un hueco y lo bajaron delante del Señor. Ellos creían que Jesús podía sanarlo, tanto el paralítico como los que lo acarreaban (Mateo 9:2). Dios siempre responde con autoridad a nuestra fe para darnos la victoria (1 Juan 5:4). Es muy triste ver a tantas personas que de una manera u otra han experimentado algún milagro en sus propias vidas y no creen en el Dios de los milagros. Su fe es temporal porque toda su vida han trabajado para las cosas terrenales, en cambio Dios se da a conocer a través de su Hijo para que nos ocupemos en las cosas eternas.

Saturday, March 9, 2013

Llevó Nuestras Enfermedades


Por: Pastor Carlos A. Goyanes
“…para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.” ~Mateo 8:17
El Señor Jesús tomaba de su tiempo para atender a la gente. Vino a casa de Pedro y vio que la suegra de éste estaba enferma, en cama. La palabra de Dios dice que la tocó en la mano y se sanó de la fiebre que tenía. Según el Evangelio de Lucas era una gran fiebre (Lucas 4:38). Ella al verse sanada se levantó y les servía. Lo que el Señor hace en nuestras vidas es perfecto. La sanidad de la suegra de Pedro fue otro de los milagros de sanidad del Señor. Fue un milagro instantáneo que el Señor obró en favor de una mujer enferma. Es penoso ver cómo la gente que recibe tanto de Dios no le da gracias y no le sirve.
La palabra de Dios dice que entró en la casa de Pedro, y allí se encontró a la suegra de éste. Lo primero que podemos aprender de este pasaje es que Pedro era casado. El clero católico romano requiere que los sacerdotes no se casen, pero Pedro, que según ellos enseñan que fue el primer papa, era casado. Cefas era otro de los nombres de Pedro (1 Corintios 9:5). La palabra de Dios dice que prohibir el matrimonio es parte de la apostasía que vendría sobre la iglesia (1 Timoteo 4:1–3). El celibato sacerdotal no es obligatorio, y al hacerlo una doctrina fundamental de la iglesia los católicos están heretizando la fe, haciendo mandamiento de hombres.
Volviendo a nuestro tema, el Señor levantó a la suegra de Pedro, tocó su mano (Mateo 8:15), la tomó de la mano y la levantó (Marcos 1:31), inclinándose hacia ella, reprendió a la fiebre; y la fiebre la dejó (Lucas 4:39). De la misma manera reprendió los vientos y al mar, porque Él es el Todopoderoso Dios encarnado (Mateo 8:26). Con su sola presencia hay cambios en nuestras vidas. Él trae sanidad, paz, esperanza, seguridad y bonanza. La suegra de Pedro gozaba de sanidad completa porque la Palabra de Dios dice que ella se levantó y les servía (Mateo 8:15). Generalmente después de una fiebre la persona queda débil, pero ella les servía. Nuevas fuerzas reciben los que esperan en el Señor (Isaías 40:29–31; Salmo 92:10) y dedicar nuestras fuerzas para servirle es un privilegio que no podemos pasar por alto.
Él toma nuestras enfermedades y lleva nuestros dolores. Él nos sana de nuestras enfermedades presentes según su voluntad y nos da salud eterna. Cuando nuestros cuerpos cansados por el pecado fenezcan, resurgiremos a una nueva vida en Cristo Jesús. No estaremos enfermos para siempre del pecado porque Él los tomó todos en la cruz y venció la muerte para que nosotros vivamos (Juan 14:19). Él logró en la cruz nuestra excelsa salud de una manera eminente en su perfecta gracia, porque estando muertos en el pecado, resucitó para que viviendo Él, nosotros también vivamos (Juan 11:25).
El mundo agoniza en su febril estado, sus fuerzas se agotan y su fracaso es inminente, pero todavía hay esperanza en Jesucristo. Dios entregó a su Hijo en un esfuerzo mayor por alcanzar al hombre pecador. Él tomó nuestras enfermedades y no enfermó; tomó nuestros pecados, pero no pecó. Dios le hizo padecer como pecador para que nuestros pecados fueran perdonados. Jesús tomó nuestro lugar. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él (2 Corintios 5:21). Dios quiso quebrantarlo sujetándolo a padecimiento por nosotros (Isaías 53:10). Hemos recibido aquí en la tierra al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29).

Thursday, February 14, 2013

¿Dónde Está Tu Fe?


Por: Pastor Carlos A. Goyanes

Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.  ~Mateo 8:10
La fe es algo natural que deben tener los hijos de Dios, o al menos eso es lo que Dios desea. El espera que cada creyente tenga la certeza de que Él es y no hay otro como El. Jesús se maravilló de la fe del centurión romano, pero su maravilla mayor era que su fe sobrepasaba a la fe de los de su pueblo. Es algo controversial ver como alguien que creemos que no es hijo de Dios tenga más fe que nosotros los miembros de su iglesia. El mundo ya ha sido vencido por el Señor (Juan 16:33); pero a veces, parece que el mundo nos ha vencido a nosotros. Solo una persona que ha nacido en Cristo y tiene fe puede vencer al mundo (1 Juan 5:4).
Los cristianos hemos sido llamados a vivir por fe si queremos agradar a Dios (Hebreos 11:6). La gran diferencia entre los hijos de Dios y el mundo es la fe. Hacer la diferencia en estos tiempos modernos es difícil porque con frecuencia nuestra fe flaquea, pero si hay fe en el Señor, nos mantendremos al margen del mundo y daremos testimonio de lo que creemos. La vida diaria con sus retos amenaza nuestra fe y pone a prueba nuestros principios cristianos, pero nuestra fe debe ser algo genuino y no algo influenciado por lo que nos rodea.
El centurión romano tenía a cargo cien hombres, era una persona influyente y con poder; sin embargo, en un acto de fe nos dio varias enseñanzas:
1.     Dio el primer paso de fe: reconoció a Jesús como Señor (Mateo 8:2). Este es el primer y más grande paso para una relación de fe con el Señor. Al depositar su fe en el Señor, estaba reconociendo su señorío y grandeza.
2.  Se humilló al reconocer su indignidad y al decir que él estaba bajo autoridad (Mateo 8:8–9). Al advertir nuestra pequeñez delante de Dios damos lugar a la manifestación de su poder a través de nosotros al dejar que él tome el control de nuestras vidas. Estamos bajo autoridad, bajo el señorío de Cristo. No somos su centurión, sino sus soldados. Someterse es el problema del hombre rebelde que reclama su protagonismo en este tiempo presente. La Escritura nos dice que tenemos que someternos a Dios (Santiago 4:7).
3.  Creyó en el poder del Señor (…solamente di la palabra, y mi criado sanará…Mateo 8:8). También Jesús reconoció la fe de él (Mateo 8:10). La fe que se menciona en el pasaje no es el conjunto de principios bíblicos en los cuales descansa nuestra creencia, sino en la profunda convicción interior de que Dios puede obrar a pesar de lo difícil que parezca la solución del asunto que está delante de nosotros. Ese tipo de fe maravilla a Dios (Mateo 8:10).

Quiero, Sé Limpio


Por: Pastor Carlos A. Goyanes

Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció. ~Mateo 8:2–3
Jesús había terminado de predicar su gran Sermón del Monte (Mateo 5–7) y ahora estaba rodeado de una gran multitud. La gente lo seguía porque sus enseñanzas eran diferentes a las enseñanzas hipócritas de los líderes religiosos de su época (Mateo 7:28–29). Sus enseñanzas eran superiores a las de los escribas y los fariseos. Un nuevo movimiento religioso se estaba formando basado en las enseñanzas de un verdadero profeta que también era el Hijo de Dios.
Mientras la gente competía por estar cerca de Jesús, algo los separó abruptamente. Era la llegada de un leproso que se acercaba al Señor (Mateo 8:2). Todos huían de la presencia de los leprosos porque estaban contagiados con una enfermedad que podría ser infecciosa. Aunque en nuestros días es raro ver un leproso por-que la lepra casi ha sido erradicada, en aquellos tiempos no existía el amparo de los medicamentos modernos y era necesario que los leprosos estuvieran lejos de la gente que estaba sana. Por eso se habían dictado leyes para ello (Números 5:1–4).
El legalismo judío extremaba las leyes de Dios haciéndolas insoportables al pueblo. De manera que, los leprosos se convertían en víctimas de la crueldad y el desapego de los hermanos de su nación. Todos huyeron, pero Jesús lo esperó. El leproso se postró delante del Señor y le dijo: “Si quieres puedes limpiarme.” Y el Señor les respondió: “Quiero, sé limpio.” La lepra lo dejó al instante (Mateo 8:2–3).
Hay tres enseñanzas que podemos sacar de las palabras de este leproso:
a. Reconoció a su Señor. El hecho de que desafiara toda aquella multitud que lo despreciaba, de que se postrara y dijera: “Señor, puedes limpiarme,” fue suficiente. Demostraba que creía en El.
b. Demostró que estaba bajo su voluntad cuando apeló a ella. Dijo: “Si quieres, puedes limpiarme.” Expresó con sus labios la posibilidad de que si el Señor no quería, no lo limpiaría. Los movimientos modernos evangélicos exigen a Dios una respuesta cuando la realidad es que Dios es soberano y El responderá como Él quiera. Jesús fue ejemplo de esto cuando en Getsemaní dijo al Señor: “…no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).
c. Mostró con fe que Dios puede. En sus palabras, “si quieres, puedes limpiarme,” el leproso expuso su fe en el poder de Dios. Los fracasos de la vida cristiana están relacionados con la falta de fe. La fe produce obediencia a la Palabra de Dios. La Biblia dice: “es la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (Hebreos 11:1).
La lepra tiene también un sentido simbólico en la Biblia. Representa la inmundicia del hombre, que es el pecado. No podemos pasar por alto nuestros pecados, porque el no obedecer a Dios enferma el alma y trae consecuencias desastrosas para la vida del hombre. Y la mayor de ellas es la muerte eterna, puesto que las consecuencias del pecado ya garantizaron la muerte física.
Todos los seres humanos estamos en el corazón de Dios, pero no siempre somos conforme a su corazón. Jesús tiene un gran interés en los que sufren, los que viven en la miseria, los que están sin esperanza. Él quiere salvarnos y dio su vida para eso. Sus palabras: “Quiero, sé limpio,” son también para nosotros. Como el tocó al leproso, quiere tocarte a ti con su divina misericordia para sanar tu alma (1 Juan 1:7).